El árbol de libros

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–Ya no volvió nunca su árbol de libros–, me dijo la señora que me ayudaba a la limpieza, con toda la nostalgia que cabía en su voz. Sacudíamos, uno por uno, aquellos libros que llevaban un año ya guardados en el fondo de un clóset. Estuve a punto de derrumbarme.

El árbol de libros había llegado a mi vida una noche de octubre, con su gabardina para la lluvia y una mochila negra al hombro. Después del correspondiente saludo, lo primero que hizo fue sacar dos libros de aquel viejo morral y obsequiármelos. Para mí fue como una señal: alguien que te hace semejante regalo al primer instante debe de ser una persona maravillosa. Al despedirnos esa noche estábamos enamorados. Éramos dos hojas de papel que habían logrado escapar cada una de su historia, para venir a escribir juntas un nuevo comienzo.

Nos volvimos inseparables, nos dimos amor como quien ya ha conocido la fugacidad de lo eterno y un día decidimos que era tiempo de juntar nuestros libros e irnos todos a vivir a un mismo espacio: los suyos, los míos, él y yo. Llegué con todo mi cargamento, pero él no, él iba trayendo de a poquito: los que necesitaba para trabajar, los que ya le estorbaban en la oficina, los que le habían regalado en la última feria. Parecía que nunca iba a terminar de mudarse, hasta que una tarde, su mamá le llamó para pedirle que sacara todos esos libros que tenía arrumbados en su antigua habitación porque le estorbaban. Al árbol no le quedó más remedio que transportarlos de casa de su mamá a nuestro departamento. ¡Por fin se había terminado la mudanza! El árbol de libros había decidido que sus hojas no caerían más en otro paraje.

Pasaron algunas semanas y los libros recién llegados no salían de sus cajas. Era como si se negaran a cohabitar conmigo. Yo sentía el impulso de buscarles un espacio en su nuevo hogar, el árbol me decía que los dejara donde estaban, que cuando él tuviera tiempo los ordenaría. Pero eso nunca sucedió. Unas semanas más tarde se me notificó que el árbol ya se había cansado de dar sombra en mi jardín.

Necesitaba su libertad porque sentía que se estaba ahogando en esa «tortuosa relación» (sí, esas fueron sus palabras) y que lo mejor era que cada quien tuviera su espacio y se fuera con su cúmulo de libros a donde mejor le acomodara. Yo lloré en silencio tratando de asirme al pedazo de hogar que se me quedaba deshabitado y acepté con entereza el que ya no hubiera nada que hacer. La única opción era dejar que el árbol partiera sin hacer más daño del necesario.

Cuando se fue decidió no llevarse todos sus libros. Nunca supe bien por qué. Por supuesto, se fueron los de las cajas, que en realidad habían estado de paso; los que estaban en los estantes, en los cajones, sobre la mesa de noche; todos esos no se movieron de su lugar. No fue por falta de espacio, perfecto habrían cabido en el camión que llegó aquel domingo por la tarde a medio vaciar mi vida. No, era algo más: era como si el árbol hubiera decidido no irse del todo, dejar unas cuantas hojas para consuelo de mis noches de insomnio. Era la promesa de que algún día volvería por ellas y entonces volvería también por mí.

Al principio los dejé donde estaban, pero verlos me producía tal grado de dolor que acabé por guardarlos todos en el fondo de un clóset para no terminar lanzándolos por la ventana, o peor aún, usándolos de pretexto para ir a buscar a su dueño. Así transcurrió un año entero, hasta aquella tarde en que decidí que ya no lo seguiría esperando: si había creído que podía marcharse y dejarme para siempre en mi derrumbe con sus retazos, estaba muy equivocado.

Guille seguía sacudiendo el polvo sin enterarse que mis ojos se habían inundado de recuerdos. Sentí el impulso de volver a guardar todos los libros en el clóset pero me contuve; tomé aire y continué con la tarea. Los metimos en tres cajas de cartón que pesaban tanto como la misma idea de soltarlos, los subimos en mi auto, como quien carga un muerto que llevaba mucho tiempo agonizando, y me fui yo sola a llevarlos a una biblioteca pública, donde los recibieron agradecidos.

Cuando la encargada de la biblioteca me preguntó por qué había decidido donarlos, la voz se me desgarró y no pude articular palabras. En vez de eso me solté a llorar como no había llorado desde que el árbol se fue y ella me abrazó sin saber qué estaba pasando.

—Discúlpeme por favor, no era mi intención hacerla llorar. Le voy a dar un documento donde consta que usted vino a regalarnos estos libros. —

Recibí aquel documento como la ratificación oficial de lo que acababa de hacer; esa era la última hoja de la que me desprendería. Ya nunca más volverían mis ojos a posarse en el recuerdo del árbol que no quiso echar raíces a mi lado. Subí a mi auto, abrí las ventanas, pisé fuerte el acelerador y prometí nunca volver a llorar por aquella hojarasca.

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Ojos de cielo de Venecia

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Se conocieron una tarde de agosto. Giancarlo Taciturno, a sus cincuenta, jamás se había casado ni tenía hijos. Magnolia Sociable tenía treinta años y varias malas experiencias con los hombres. Magnolia Alegre intentaba ser feliz. Giancarlo Silencioso quería proponerle ir a su patria. Ambos deseaban una relación apasionada. Giancarlo Melancólico era italiano, Magnolia Cantarina era mexicana. Ninguno hablaba el idioma del otro.

Viajaron juntos a ese país donde el arte se respira en cada esquina y se paladea hasta en la más ínfima gota de café. Visitaron Turín, Florencia, Milán, Roma. No había entre ellos besos ni caricias; comenzaban a parecer dos viejos amigos. Les quedaba una última ciudad por visitar y ambos esperaban que ahí surgiera la chispa del deseo.

Venecia era el lugar más hermoso que Magnolia Maravillada hubiera jamás imaginado: sus góndolas y vaporettos navegaban con cadencia sobre el Gran Canal, sus puestecitos de máscaras daban la sensación de estar sobre un portentoso escenario, toda ella estaba coloreada de arte y entre sus puentes, que unen una pequeña isla con otra, Magnolia Embelesada podía sentir que había llegado al paraíso sin tener que recurrir a la muerte. Estaban en el lugar más romántico del mundo.

Giancarlo Ilusionado la miraba como se mira a las constelaciones y ella se sentía pequeña. Sí, pequeña e indisoluble, como una gota de agua salada en medio de un lago dulcísimo. Él tenía ojos de cielo en calma; sin nubes, sin tormentas, sin la más mínima probabilidad de lluvia. «Ojos de cielo de Venecia» –pensó Magnolia Atribulada–, contemplando a ese hombre bueno que le ofrecía un mundo entero de posibilidades, excesos y maravillas.

Hubiera deseado amarlo con demencia, sentir el arrebato de besarlo sin pudor, pedirle que la tomara entre sus manos y la hiciera no desear nunca estar en otras que no fueran las suyas. ¡Maldita sea; estaban solos en Venecia y ella no sentía más que un insondable agradecimiento por todo lo que él le mostraba! Ni una pizca de pasión.

Volvieron de su viaje sintiéndose más desolados que nunca, cargando con su nostalgia a cuestas, y con la atroz certeza de que no hallarían en ningún lugar lo que no encontraron bajo el cielo de Venecia.

Inconmovible

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Aquella mañana, Serena supo que el desamor había comenzado a crecer como hierba entre los linderos de su cama. No fue un crepitar de huesos ni una oscilación de la tierra, no hubo vientos alisios ni tempestades arrasando la ciudad. No sintió siquiera un cambio de temperatura en el ambiente. Sin embargo, era innegable.

Al salir de la ducha encontró a su marido absorto en el teléfono. No le resultó extraño, él siempre despertaba a revisar correos antes de bañarse, pero esa mañana hubo algo distinto: Serena salió del cuarto de baño sin cubrirse con una toalla; estaba toda vaporosa, oliendo a frutos del bosque y con la piel reluciente de gotitas que resbalaban traviesas por su cuerpo. Se paró desnuda frente al espejo, subió la pierna derecha al banquillo del tocador y comenzó a ungirse aceite con movimientos insinuantes. Nada. Pasó a la otra pierna, luego se quedó de pie y recogió con ambas manos su pelo mojado dándole por completo la espalda a su marido, para que él observara las curvas descendientes entre su cintura y su cadera. Nada. Por último, se plantó frente a la cama, con los pechos al aire rebozando de vida, a la espera de que él hiciera a un lado el teléfono y la atrajera hacia su cuerpo. Nada de nada. Él ni siquiera se enteró.

El frío se coló por su espalda, buscó su bata para cubrirse y se recostó sobre la cama. Él preguntó «¿No vas tarde ya?» Ella no respondió; decidió que lo mejor era alistarse de una vez. Tomó de entre los cajones la ropa interior, se vistió con parsimonia observando entre sombras el reflejo de su cuerpo ante el espejo: aún era hermoso. Ya no tenía la firmeza de los veintitantos, pero sus líneas se habían acentuado. Se enfundó en un vestido negro y salió de la habitación para preparar el desayuno. No fue hasta que un vaso se le resbaló de las manos que su marido preguntó:

—¿Estás bien?

—Sí. Fue un vaso que de todos modos ya estaba despostillado. No tiene importancia.

Desayunaron en silencio, cada uno sumergido en la marisma de sus pensamientos. Se despidieron en la puerta del departamento y salieron a sus respectivas labores.

Serena volvió a casa por la tarde. Se había sentido mal y decidió salir de la oficina un poco antes de lo habitual. Se recostó sobre la cama aún sin tender y comenzó a recordar lo ocurrido en la mañana; la sensación de ser imperceptible, invisible, incorpórea cual fantasma. Peor aún: la certeza de haber brindado un espectáculo de sensualidad al hombre con quien había recorrido casi todos los hoteles de paso de la ciudad, para descubrir con desconsuelo que hoy ya no la deseaba. Se sintió vieja, fea y tonta. Muy tonta.

Llevaban cinco años de matrimonio y esta era la primera vez que él se había mostrado inconmovible ante su desnudez. ¡Inconmovible! Esa era la palabra que daba vueltas en la mente de Serena y no la dejaba estar en paz.

Comenzó a preguntarse cuándo habría ocurrido; en qué momento su presencia se había vuelto tan cotidiana. Serena se levantaba todas las mañanas un poco antes que su marido para hacer el desayuno porque ese era su pequeño ritual de amor, y hoy no podía con la idea de que para él fuera un acto rutinario. ¿Cómo había pasado de ser la chica cuya silueta convertía en un ciclón a su marido a la mujer que le preparaba el desayuno mientras él se alistaba para salir a trabajar?, ¿quería ser esa mujer a partir de ese momento?, ¿deseaba serlo por lo que le restaba de vida? 

La respuesta fue un “no” limpísimo, sin el menor espacio para la vacilación. Se levantó de la cama, se metió a bañar para que el agua se llevara consigo todos esos pensamientos, se puso un camisón de seda que la hacía sentir sexy sin necesidad de más miradas que la suya, sacó una botella de tinto —tiempo atrás había descubierto que ninguna mujer es la misma después de haber aprendido a descorchar su propia botella de vino— y se tendió sobre el sofá de la estancia, a la espera de un marido que no tenía idea de lo que le esperaba, ni tampoco hora de llegada.

La batalla por el mundo

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Se me ha roto una uña de la mano izquierda. Tengo que cortarla al ras antes de que se atore en algún sitio, se lleve consigo un pedacito de piel y me provoque un dolor innecesario. Como siempre, el cortaúñas se ha escondido en el cajón de los esmaltes. Lo busco y, sin poder evitarlo, recuerdo el momento en el que supe que debía terminar con Alejandro.

Yo hubiera deseado culparla a ella, a la mujer con quien fue a cenar esa noche; la que me lo regresó un poco ebrio y más almibarado de lo habitual. Ella, que se dejó envolver en los encantos que alguna vez me deslumbraron, que descubrió esa noche al hombre seductor que me enamoró, y ahora estaba dispuesta a todo por arrebatármelo. Sí, así sonaba en mi cabeza: ¡quería arrebatármelo! Como si de un pañuelo se tratara, como si el otro nos perteneciera y pudiéramos guardarlo para siempre en el cofre de tesoros de nuestra emoción.

Tres días después de que Alejandro cenara con «gente del trabajo, que me choca pero ni modo, los tengo que tolerar», ella comenzó a acosarme en redes sociales. Quería llamar mi atención y lo consiguió. Era más joven que yo. Tenía esa cualidad de las veinteañeras de querer comerse al mundo de un bocado, y en esta ocasión era mi mundo el que había puesto en su mira.

Yo, que por mi historial de vida soy toda una Mata Hari cuando se trata de rastrear infidelidades, acabé dejándome arrastrar por la obsesión y descubriendo mucho más que una mentira aleatoria. No, el problema no era ella; ¡era él! A ella tendría que haberle agradecido por abrirme los ojos, pues en su tonta lucha por poseer a un hombre que no le pertenecía a nadie —ni siquiera a sí mismo— me había obligado a descubrir quién era esa persona con la que compartía mis días.

Alejandro, el hombre con el que vivía desde hacía poco más de dos años, al que amaba y admiraba como a mi deidad particular; guardaba muchos más secretos de los que yo hubiera imaginado. Tenía una colección de mujeres con las que se veía de vez en cuando, mientras yo juraba que estaba haciendo horas extras en la oficina. Hablaba con ellas incluso desde su computadora en casa; utilizaba un personaje ficticio para cortejarlas, las invitaba a cenar, las adulaba, las envolvía.

Ni siquiera creo que haya tenido nada con ellas, además de una cena o una charla. Aquello iba más allá del simple apetito sexual: era como si necesitara sentirse deseado y admirado por todas esas desconocidas, como si el tamaño de mi amor no alcanzara a cubrir la totalidad de su ego.

Después de una discusión que se prolongó toda la noche, Alejandro aceptó tener serios problemas. Me amaba, pero no sabía por qué hacía lo que hacía; estaba arrepentido, aunque aceptaría en silencio mi decisión de abandonarlo. Yo sabía que tenía que poner fin a nuestra historia. Ni siquiera podía reconocer al hombre del que me había enamorado, del ser amorfo que ahora lloraba frente a mí sin saber qué más hacer.

La única opción era marcharme pero en vez de eso lo perdoné; no sé si porque aún lo amaba o porque no quise otorgarle el gusto fútil de la batalla ganada a la mujer que lo desencadenó todo. Sí. Esta vez me había quedado yo con el mundo: un muy triste, incomprensible y caótico mundo.

¡Por fin!, detrás de un esmalte rojo y uno gris aparece el cortaúñas. Lo pego a mi piel tanto como es posible, de un tajo corto la uña que queda pequeñita y chueca comparada con las demás. A veces pienso en Alejandro, pero ya ni siquiera recuerdo cómo era. Su imagen se me ha ido desdibujando. Desde mi corazón le doy gracias porque meses después de haberme negado a soltarlo él decidió irse de mi vida para siempre.

—No te apures, ya volverás a crecer— le digo a mi uña con toda la paz que he logrado encontrar a lo largo de los años.

José María

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Éramos estudiantes de arte: él pintor y yo actriz, me había contratado para ser su modelo de desnudo. Pagaba poco, pero, ¿qué importaba? Yo habría podido pasar la tarde entera observándolo sin que me diera un centavo; su mano sujetando el pincel con vigor, sus ojos estudiando los pliegues de mi cuerpo, su silueta aturdiéndome en su ir y venir, mientras que entre mis muslos se formaba una leve lluvia provocada por mis ansias.

Pasábamos las tardes encerrados en su departamento; yo imaginando a qué sabrían esos labios, él absorto en sus intentos de retratarme a la perfección.

Un día me decidí a preguntarle «¿Alguna vez has estado con una mujer?». Por un instante me observó, soltó una carcajada que me sonó a cascabeles en las manos de un niño y respondió: «Nunca he estado con nadie».

Esta nueva información me dio los bríos para explotar toda mi feminidad. La tarde siguiente llegué luciendo espectacular; el cabello alborotado, el vestido ceñido, los labios rojos. Me desnudé ante él como nunca lo había hecho ante nadie; tomé mi tiempo para deslizar el cierre del vestido hasta el derriere, permitiendo que la tela resbalara silenciosa a mis pies. Me quité el brassiere y las bragas de encaje, al ritmo que marcaba mi pulso acelerado. Me planté frente a José María en medias negras y tacones de aguja esperando una reacción animal.

—¿Qué? ¿No piensas acabar de desvestirte?—

Fue todo lo que dijo. Yo me mordí las ganas y seguí sus indicaciones. Esa sesión me pareció una tortura medieval; salí del estudio en cuanto pude y corrí a mi casa sintiéndome estúpida y humillada. Me arranqué la ropa frente al espejo de mi recámara y me toqué con rabia y frustración pensando en los dedos de José María, tan espléndidos como inaccesibles.

Una semana después llegué a su departamento tratando de lucir relajada, esta vez era él quien estaba tenso; apretaba los puños sin poder ocultar su mal humor. Le pregunté si deseaba que pospusiéramos la cita, pero respondió que no. Me invitó, con un gesto, a sentarme a su lado y observar los avances de mi retrato. «Algo le falta», me dijo. Yo guardé silencio por un instante y vi en sus ojos tal desamparo, que sólo pude responder «Ponle lo que creas que me hace falta».

Me desnudé con rapidez y me paré frente a él como cada martes. Él sonrió un poco.

—A ti no te falta nada, a la del cuadro sí.—

Trabajamos toda la tarde en silencio y al terminar me dijo «No te vayas, no me dejes solo esta noche». Se acercó a mí con la determinación de un vendaval y pude sentir mi sangre corriendo sin freno mientras que sus labios buscaban los míos. Acaricié su rostro y fui bajando despacio mis manos por su espalda hasta llegar a su cintura. Lo hallé tan excitado, que me arriesgué un poco más y comencé a desnudarlo. Cuando ya no le quedaba una sola prenda, me llevó hacia la cama y se acostó en ella frente a mí. Pude ver su hermoso cuerpo invitándome a debutarlo.

Fui una serpiente entre sus piernas, lamí con fruición sus muslos bien marcados y su sexo de Zeus convertido en toro dispuesto a hacer suya a Europa. Seguí subiendo hasta que nuestros cuerpos se alinearon y pude, por fin, sentirlo hundirse en mi interior.

Experimenté un placer desconocido: José María me penetraba, sin embargo había algo en él que me daba la impresión de ser yo quien estaba dentro de su cuerpo. Comencé a sentir la necesidad de poseerlo, dominarlo, acariciarlo como si fuera una mujer y yo el hombre que estaba entre sus piernas. Le susurré al oído «Quiero lamerte el culo».

José María abrió los ojos tan grandes como le fue posible y me miró desconcertado. «Quiero lamerte el culo», repetí ahora en un tono más arriesgado. Entonces él se colocó boca abajo e instaló sus manos a la altura de la pelvis, para facilitar mis movimientos. Aquella era una imagen preciosa: sus nalgas redondas y su cintura brevísima me hacían creer que, en verdad, estaba con una mujer. Mis manos parecían tener vida propia, comencé a recorrer desde su nuca aquella piel nueva, como si de un manjar se tratara: la olí, la besé, la mordisqueé, la lamí. Llegué hasta sus nalgas y las separé con delicadeza, deslicé mi lengua entre ellas hasta llegar al centro de su placer, ahí dibujé círculos cada vez más grandes y enérgicos.

José María se retorcía de gozo: sus manos estrujando las sábanas, su cuerpo formando una curva que simulaba al monte Fuji, su respiración al filo del orgasmo. Yo, en tanto, era un río a punto de desbordarme; lo giré con impaciencia hasta que mi boca alcanzó la suya. Mi cuerpo lo pedía con una avidez que jamás había conocido.

Nos unimos en una comunión perfecta; no éramos ella y él, no había femenino y masculino. Éramos un todo, él era todo, hasta en el nombre llevaba la totalidad: José María. Yo podía sentir su fortaleza y su fragilidad, ambas conteniéndome y desfogándome. Llegamos al unísono a las puertas del clímax, nos quedamos abrazados mientras que nuestra respiración de maremoto se volvía agua serena.

El sol salía cuando desperté, José María estaba dormido. Me cubrí con una frazada que encontré a un lado de la cama y me senté en el suelo a observarlo. Lucía tan apacible y feliz; su rostro reflejaba la placidez de la pasión recién aplacada, su cuerpo era una playa solitaria después de haber sobrevivido al huracán. Pude mirarlo ya sin la exaltación de la carne, me pareció estar ante el hombre más hermoso del mundo.

Supe que lo ocurrido entre nosotros no se repetiría; él era aún un enigma, incluso para sí mismo. Le quedaban muchas experiencias por vivir; miles de sensaciones que experimentar, otros cuerpos, aromas y sabores por probar. Yo no podía -ni quería- detener su proceso.

A la vez, en mí había ocurrido también una revolución: me había sorprendido deseando un cuerpo femenino, anhelando poseer una silueta que imitara a la mía, soñando con beber de la fuente emanada de una mujer. No deseaba negarme a explorar ese nuevo descubrimiento. Me vestí procurando no hacer ruido y salí de su departamento para no volver jamás.

Muchos años después, en una galería de Nueva York, me encontré con el retrato que suponía inconcluso. Quedé atónita: el rostro y el cuerpo eran mi copia exacta, pero en medio de las piernas sobresalía un pene.

Treinta y ocho años

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Soy una niña de cinco años viviendo en el cuerpo de una mujer de treinta y ocho. Me levanto cada mañana preguntándome qué será de mí hoy, cómo enfrentaré los chingadazos. Luego recuerdo que ya soy una adulta y no hay nadie que pueda hacerme daño.

Tengo un trabajo que me encanta, donde aprendo todos los días algo nuevo y me enamoro de letras que ni por asomo se parecen a las mías.

Me rodeo de personas maravillosas, con sonrisas que suenan a cascabeles en vuelo, con miradas que dicen aquí estoy si lo necesitas, con ganas de transformar el mundo.

Me dejo sorprender por las pequeñas alegrías de la vida; una lámpara, un whisky y un buen libro, una tarde sin lluvia en esta ciudad de clima tan voluble, un té y una frazada en el silencio de una mañana de domingo.

Me acurruco en la certeza de las pocas cosas que creo poder controlar y me burlo un poco de mí cuando me descubro creyendo que puedo controlar algo.

Despierto cada día protegida por un par de brazos amorosos que me cobijan la vida, los llantos y las ausencias, por unos ojos que me gritan te amo, que me susurran te amo, que me hacen sentir hermosa con el pelo alborotado y el rostro aún hinchado de tanto dormir.

Soy una niña de cinco años que por fin encontró un hogar dentro de esta mujer de treinta y ocho años.

 

Gato de Cheshire

gato

La depresión tiene muchas formas. La mía por ejemplo se parece al Gato de Cheshire; con su enorme sonrisa burlona, su insoportable intermitencia y sus cuestionamientos filosóficos. No se cansa nunca, aunque a veces se sienta en una esquina del librero a regodearse ante mi autoengaño de persona feliz.

Sí, los depresivos como yo somos personas alegres, las más alegres que puedas conocer; estamos todo el tiempo activos, al grado de ser confundidos con personas obsesivo-compulsivas; preferimos pasar una hora entera tallando con cepillo de dientes cada una de las separaciones entre un azulejo y otro, antes que sentarnos a contemplar la nada y permitir que los pensamientos fatídicos nos atrapen.

Un depresivo como yo jamás te dirá que está muy triste, que la vida no vale nada o deberíamos matarnos de una vez. Por el contrario, siempre te mostrará el lado positivo de la historia e intentará que rías junto con él de la miseria.

Los depresivos no toleramos a los mártires; esa gente que va por ahí exhibiendo sus tragedias nos parece por demás insoportable. Por eso nosotros escribimos, viajamos, comemos, hacemos teatro; porque es más fácil interpretar el dolor ajeno que afrontar el propio.

Nos perdemos de las cosas simples de la vida porque casi todas requieren de un grado de relajación que nosotros, los depresivos, no podemos permitirnos. Nos sabemos siempre en el filo del barranco, a un paso de dejarnos caer hacia la oscuridad, rozando con las puntas de los dedos la línea que separa nuestro llanto más común, de la inmovilidad atroz y pacífica de la muerte.

Los depresivos no somos personas fáciles; vivir con nosotros puede resultar exhaustivo, pero también reconfortante, pues siempre sabremos qué decir para aliviar tu dolor: justo aquello que nos diríamos a nosotros mismos si tuviéramos el valor de enfrentarlo.

La depresión tiene muchas formas; la mía se mueve, camina a mi lado, se arrulla en mi canto de adulta funcional y despierta con el sollozar de mi niña abandonada, me sube a un columpio imaginario y me mece con suavidad hasta que olvido su existencia, se evapora y luego un día cualquiera vuelve a aparecer con su sonrisa insoportable y su ronroneo cotidiano. Ella es mi Gato de Cheshire.

Felices diez años

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¡Felicidades! Cumples diez años de haber escapado de esa prisión que tú misma creaste. ¿Recuerdas lo mucho que te costó salir?, ¿todas las mentiras que te inventabas para no moverte?, ¿las madrizas que aguantaste para que, según tú, no te doliera la soledad?

Yo sí me acuerdo de todas las veces que dejamos de ver a mamá para que no notara el moretón en el pómulo que ese cabrón nos dejó porque una mañana amaneció de malas o una tarde el automóvil no encendió. Mis ganas de salir corriendo y tu cobardía ante tantas chingaderas, como aquella madrugada en que me juraste que «ahora sí, te juro por dios que ya nos vamos para siempre», mientras que él dormía bajo el efecto del alcohol y la certeza de que tú, su cajerito automático con vagina, jamás lo dejaría…

¡Maldito insomnio! Rascándome la garganta puntual a las tres de la mañana. ¿Y este cabrón a qué hora habrá llegado? Apesta a cognac y putas, como siempre. Pero al rato sí lo voy a mandar bien a la chingada y a ver qué hace porque conmigo ya no va a jugar. Se le acabó su mensa.

El día de la cartita de amor lo disculpé porque, como sea, era su cumpleaños. ¡Pinche carta toda llena de faltas de ortografía! No sólo le gustan más chiquitas, además ignorantes. ¡Chamacas tontas! Si supieran que quien les paga la peda soy yo. Este cabrón no tiene ni madres.

Bueno, madre sí tiene, y un chingo. ¡Vieja alcahueta! “No Flaca, si mi hijo sólo tiene ojos para ti. Nunca falta la lagartona que quiere metérsele pero él ni caso les hace”, y luego me enteré de que hasta invitaba a comer a su casa a las “lagartonas”.

¡Qué ganas me daban de armarle soberano desmadre! Nada más que era día del papá y ni modo de aventarme una escena con toda la familia recordando que el susodicho se les escapó con la sirvienta. ¡No aguantan nada! Ya ni yo, que mi padre nos dejó en cuanto salí del cunero.

Ese sí que me jodió desde el principio; mis medias hermanas dicen que crecí mejor sin él y sus ataques de histeria, pero las veo casadas con tipos que no se le parecen y yo en cambio me busqué uno igualito: alcohólico, neurótico y encantador. La combinación ganadora. Como que entre más se le parecen al primer hombre que me abandonó más ganas me dan de aferrarme a sus costillas.

¡No mames, ahora hasta ronca! Debí mandarlo al carajo antes del Halloween de la oficina, ¿pero cómo iba a llegar vestida de Morticia y sin Homero? Todos preguntarían por él y yo sin saber qué inventarles. Ni modo de decirles que le encontré el ticket de pago de un motel y luego echarles la historia de que si ya estaba muy pedo y prefirió no poner en riesgo su vida al volante.

¡De veras que me paso de pendeja! Pero ahora sí, esta vez es la última. Nada más que pase Navidad porque ya le compré su regalo.

Tres y media de la mañana y este cabrón sin saber que ya se va a ir mucho a la chingada.

…Y así me tuviste, ¿cuánto?, ¿cinco años?, ¿tres decenios?, ¿toda una vida?

Hasta aquel ocho de mayo en que te jalé del brazo y te dije: «Déjalo todo, sálvanos antes de que ya no haya nada qué rescatar, ¡salta al vacío, chingada madre!, ¡va a doler mucho, pero vamos a estar bien!»

¡Hace ya diez años! ¿Puedes creerlo? Yo a veces no tanto; todavía hay noches en que ese cabrón se me mete en los sueños y despierto con un nudo en las tripas y una mano oprimiéndome el esternón.

¿Recuerdas lo bonito que fue descubrirnos enteras sin él? A mí no se me olvida nunca y hoy te quiero dar las gracias por haberme escuchado, y felicitarte mucho por estos diez años de vida. ¡De verdadera vida! Gracias por salvarnos y felicidades por creer en ti.

Viejas tristezas

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Tengo una tristeza vieja; de esas que se despiertan con el aire frío de noviembre, con la lluvia petulante de febrero, con el calor irrespirable de julio. A veces pienso que nació antes que yo y me estaba esperando en el cunero para adherirse a mi piel y no soltarme jamás, luego recuerdo que vine al mundo sin miedos ni expectativas y ella llegó después.

Mi mamá se había ido a Estados Unidos en busca de un futuro mejor para ambas. Me dejó viviendo en casa de mis abuelos paternos, a cargo de una tía que se convirtió en mi segunda madre y su hija, quien se convirtió en mi hermana. Yo pasaba la mayor parte del tiempo con mi abuela, pero había un momento del día en que no estaba con ninguna de las tres. Era después de haber llegado de la escuela; cuando mi tía estaba en el lavadero y mi nueva hermana jugaba sola en el patio.

Mi tío Luis me llamaba a su cuarto, y yo, una niñita de cinco años que no conocía el amor de un padre, iba a ese lugar en busca de una imagen paterna.

Él cerraba tras de mí la puerta y me alzaba en sus brazos para subirme a aquella cama altísima, de hospital, que le había sido heredada de algún pariente enfermo. Me hacía meterme bajo las sábanas y decía que íbamos a jugar; al principio sus caricias me hacían sentir querida, protegida y reconfortada, pero conforme el tiempo pasaba se iban volviendo más desagradables y poco a poco perdía la conciencia de estar ahí; me concentraba en el sonido de la televisión que llegaba desde la recámara de mi abuela, en el olor a cigarro que se desprendía de los edificios hechos con las cajetillas que mi tío ordenaba en perfecta simetría contra la pared. Imaginaba que estaba en la playa, comiendo un helado, volando en columpio, lejos, muy lejos de esa habitación. Al final él me bajaba de la cama y yo corría en busca de mi tía.

No tengo idea de cuántas veces sucedió, aunque calculo que se prolongó alrededor de un año. Un buen día no volvió a ocurrir y mi mente lo borró, hasta una tarde, cuando ya contaba con siete u ocho años, mientras veía la televisión con mi abuela y en la pantalla presentaban una escena que me hizo recordarlo.

—Mira mami, eso me hacía mi tío Luis.—

Ella me miró con el rostro transformado en el de un dragón y entre gritos me ordenó salir de su recámara. Bajé las escaleras llorando; no entendía por qué se había enojado tanto, nunca me había hablado así.

A partir de ese momento mi abuela se convirtió en un iceberg contra el que yo no debía tropezar. Procuraba portarme mejor que nunca; pasaba horas en silencio, levantaba mi plato en cuanto terminaba de comer y obedecía en automático todas sus órdenes. Nunca más volví a mencionar el tema.

Conforme fui creciendo me convencí de que era feliz en ese mundo; me parecía normal ver a mi abuelo llegar cayéndose de borracho, a mis tíos discutiendo hasta llegar a los golpes, a mi padre desaparecer cada tanto sin saber cuándo volvería.

Crecí con el temor en las entrañas; sabiendo que hay personas que te maltratan, te hacen sentir menos, abusan de ti o se olvidan de tu existencia como de un plato desechable y se van, y a pesar de eso debes respetarlos porque son tu familia y las familias así son.

Me enseñaron a bajar la cabeza ante el enemigo, a rendirle pleitesía al alcohólico y a sentir conmiseración por el abusador.

Por eso tengo esta tristeza vieja de las que no se curan con una salida al cine o media vida en terapia, tengo montañas de rabia que se me atoran entre el hígado y el esternón, tengo este llanto acumulado que se contiene durante meses hasta que una piedrita cualquiera, un comentario, un recuerdo, hace que se desborde e inunde todo a mi alrededor.

Tengo la certeza de que, nunca más, bajo ninguna circunstancia, permitiré que nadie me diga que esto que me está doliendo no pasó.

No llores más

adios

Somos lo que queda cuando el año está por terminar; los duelos, las ausencias, los fragmentos de recuerdo que flotan en forma de sonrisa, las mañanas frías que nos hacen añorar el último abril.

Para mí, 2017 fue un parteaguas; un volver a empezar desde el lugar más alejado del mundo, ese donde te dicen que estarás bien porque se llama libertad y, vamos, ¡qué bonita palabra! La libertad de hacer lo que te gusta con quienes quieres, a tu modo y sin más reglas que las tuyas. ¡Qué bien suena, caray!

Sin embargo ha sido un trayecto complicado. Yo, acostumbrada a no preocuparme por cuestiones de dinero, me volví contadora de centavos y acrecentadora de sueños; cuando no te queda para dónde voltear, la única opción es mirar hacia lo que aún no llega pero ahí está, esperándote. Despiertas cada mañana sabiendo que tu vida depende sólo de ti y al llegar la noche piensas que por hoy lo lograste.

La inercia me fue llevando y todo parecía marchar bien, di por sentado que viviría muchos años y tenía que ahorrar, procrear, controlar. Luego, un mediodía de septiembre, la tierra nos sacudió y todo lo que yo creía terrible y complicado cambió de matices; los ahorros de toda una vida no serían suficientes para quien perdió un hijo o un hermano entre los escombros, el control era una sombra burlándose de mi autoengaño.

A una semana del terremoto llegó a mi casa un niño de ocho años tembloroso y con ojeras; se negaba a comer y temía quedarse dormido. Yo lo miraba y me veía a mí por dentro; triste, furiosa y con miedo de perder a quienes amo. Lo arropé tanto como pude y él, sin siquiera notarlo, me ayudó a levantarme y seguir. Durante esos días me hice de una nueva familia, la que se quedó conmigo a resistir el terror de las madrugadas entre el ruido de las ambulancias y el polvo de la destrucción.

Las semanas se siguieron una a la otra y volví a tomar el ritmo tanto como fue posible; soñando de repente que la tierra volvía a trepidar, convirtiéndome en estatua cuando escuchaba una alarma sonar a lo lejos, cazando grietas en cuanto lugar visitaba, diciendo te amo cada vez más alto por si no lo podía volver a pronunciar.

Faltan unos días para que este año, por fin, se acabe dejándome muchas lecciones, un montón de anécdotas que contar, una nueva familia, varios nombres nuevos en mi lista de mejores amigos, a mis seres amados con vida y la esperanza de que, pase lo que pase, hay alguien dispuesto a decirme cada noche «Ven, te abrazo. No llores más».