José María

piernas

Éramos estudiantes de arte: él pintor y yo actriz, me había contratado para ser su modelo de desnudo. Pagaba poco, pero, ¿qué importaba? Yo habría podido pasar la tarde entera observándolo sin que me diera un centavo; su mano sujetando el pincel con vigor, sus ojos estudiando los pliegues de mi cuerpo, su silueta aturdiéndome en su ir y venir, mientras que entre mis muslos se formaba una leve lluvia provocada por mis ansias.

Pasábamos las tardes encerrados en su departamento; yo imaginando a qué sabrían esos labios, él absorto en sus intentos de retratarme a la perfección.

Un día me decidí a preguntarle «¿Alguna vez has estado con una mujer?». Por un instante me observó, soltó una carcajada que me sonó a cascabeles en las manos de un niño y respondió: «Nunca he estado con nadie».

Esta nueva información me dio los bríos para explotar toda mi feminidad. La tarde siguiente llegué luciendo espectacular; el cabello alborotado, el vestido ceñido, los labios rojos. Me desnudé ante él como nunca lo había hecho ante nadie; tomé mi tiempo para deslizar el cierre del vestido hasta el derriere, permitiendo que la tela resbalara silenciosa a mis pies. Me quité el brassiere y las bragas de encaje, al ritmo que marcaba mi pulso acelerado. Me planté frente a José María en medias negras y tacones de aguja esperando una reacción animal.

—¿Qué? ¿No piensas acabar de desvestirte?—

Fue todo lo que dijo. Yo me mordí las ganas y seguí sus indicaciones. Esa sesión me pareció una tortura medieval; salí del estudio en cuanto pude y corrí a mi casa sintiéndome estúpida y humillada. Me arranqué la ropa frente al espejo de mi recámara y me toqué con rabia y frustración pensando en los dedos de José María, tan espléndidos como inaccesibles.

Una semana después llegué a su departamento tratando de lucir relajada, esta vez era él quien estaba tenso; apretaba los puños sin poder ocultar su mal humor. Le pregunté si deseaba que pospusiéramos la cita, pero respondió que no. Me invitó, con un gesto, a sentarme a su lado y observar los avances de mi retrato. «Algo le falta», me dijo. Yo guardé silencio por un instante y vi en sus ojos tal desamparo, que sólo pude responder «Ponle lo que creas que me hace falta».

Me desnudé con rapidez y me paré frente a él como cada martes. Él sonrió un poco.

—A ti no te falta nada, a la del cuadro sí.—

Trabajamos toda la tarde en silencio y al terminar me dijo «No te vayas, no me dejes solo esta noche». Se acercó a mí con la determinación de un vendaval y pude sentir mi sangre corriendo sin freno mientras que sus labios buscaban los míos. Acaricié su rostro y fui bajando despacio mis manos por su espalda hasta llegar a su cintura. Lo hallé tan excitado, que me arriesgué un poco más y comencé a desnudarlo. Cuando ya no le quedaba una sola prenda, me llevó hacia la cama y se acostó en ella frente a mí. Pude ver su hermoso cuerpo invitándome a debutarlo.

Fui una serpiente entre sus piernas, lamí con fruición sus muslos bien marcados y su sexo de Zeus convertido en toro dispuesto a hacer suya a Europa. Seguí subiendo hasta que nuestros cuerpos se alinearon y pude, por fin, sentirlo hundirse en mi interior.

Experimenté un placer desconocido: José María me penetraba, sin embargo había algo en él que me daba la impresión de ser yo quien estaba dentro de su cuerpo. Comencé a sentir la necesidad de poseerlo, dominarlo, acariciarlo como si fuera una mujer y yo el hombre que estaba entre sus piernas. Le susurré al oído «Quiero lamerte el culo».

José María abrió los ojos tan grandes como le fue posible y me miró desconcertado. «Quiero lamerte el culo», repetí ahora en un tono más arriesgado. Entonces él se colocó boca abajo e instaló sus manos a la altura de la pelvis, para facilitar mis movimientos. Aquella era una imagen preciosa: sus nalgas redondas y su cintura brevísima me hacían creer que, en verdad, estaba con una mujer. Mis manos parecían tener vida propia, comencé a recorrer desde su nuca aquella piel nueva, como si de un manjar se tratara: la olí, la besé, la mordisqueé, la lamí. Llegué hasta sus nalgas y las separé con delicadeza, deslicé mi lengua entre ellas hasta llegar al centro de su placer, ahí dibujé círculos cada vez más grandes y enérgicos.

José María se retorcía de gozo: sus manos estrujando las sábanas, su cuerpo formando una curva que simulaba al monte Fuji, su respiración al filo del orgasmo. Yo, en tanto, era un río a punto de desbordarme; lo giré con impaciencia hasta que mi boca alcanzó la suya. Mi cuerpo lo pedía con una avidez que jamás había conocido.

Nos unimos en una comunión perfecta; no éramos ella y él, no había femenino y masculino. Éramos un todo, él era todo, hasta en el nombre llevaba la totalidad: José María. Yo podía sentir su fortaleza y su fragilidad, ambas conteniéndome y desfogándome. Llegamos al unísono a las puertas del clímax, nos quedamos abrazados mientras que nuestra respiración de maremoto se volvía agua serena.

El sol salía cuando desperté, José María estaba dormido. Me cubrí con una frazada que encontré a un lado de la cama y me senté en el suelo a observarlo. Lucía tan apacible y feliz; su rostro reflejaba la placidez de la pasión recién aplacada, su cuerpo era una playa solitaria después de haber sobrevivido al huracán. Pude mirarlo ya sin la exaltación de la carne, me pareció estar ante el hombre más hermoso del mundo.

Supe que lo ocurrido entre nosotros no se repetiría; él era aún un enigma, incluso para sí mismo. Le quedaban muchas experiencias por vivir; miles de sensaciones que experimentar, otros cuerpos, aromas y sabores por probar. Yo no podía -ni quería- detener su proceso.

A la vez, en mí había ocurrido también una revolución: me había sorprendido deseando un cuerpo femenino, anhelando poseer una silueta que imitara a la mía, soñando con beber de la fuente emanada de una mujer. No deseaba negarme a explorar ese nuevo descubrimiento. Me vestí procurando no hacer ruido y salí de su departamento para no volver jamás.

Muchos años después, en una galería de Nueva York, me encontré con el retrato que suponía inconcluso. Quedé atónita: el rostro y el cuerpo eran mi copia exacta, pero en medio de las piernas sobresalía un pene.

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Treinta y ocho años

feliz

Soy una niña de cinco años viviendo en el cuerpo de una mujer de treinta y ocho. Me levanto cada mañana preguntándome qué será de mí hoy, cómo enfrentaré los chingadazos. Luego recuerdo que ya soy una adulta y no hay nadie que pueda hacerme daño.

Tengo un trabajo que me encanta, donde aprendo todos los días algo nuevo y me enamoro de letras que ni por asomo se parecen a las mías.

Me rodeo de personas maravillosas, con sonrisas que suenan a cascabeles en vuelo, con miradas que dicen aquí estoy si lo necesitas, con ganas de transformar el mundo.

Me dejo sorprender por las pequeñas alegrías de la vida; una lámpara, un whisky y un buen libro, una tarde sin lluvia en esta ciudad de clima tan voluble, un té y una frazada en el silencio de una mañana de domingo.

Me acurruco en la certeza de las pocas cosas que creo poder controlar y me burlo un poco de mí cuando me descubro creyendo que puedo controlar algo.

Despierto cada día protegida por un par de brazos amorosos que me cobijan la vida, los llantos y las ausencias, por unos ojos que me gritan te amo, que me susurran te amo, que me hacen sentir hermosa con el pelo alborotado y el rostro aún hinchado de tanto dormir.

Soy una niña de cinco años que por fin encontró un hogar dentro de esta mujer de treinta y ocho años.

 

Gato de Cheshire

gato

La depresión tiene muchas formas. La mía por ejemplo se parece al Gato de Cheshire; con su enorme sonrisa burlona, su insoportable intermitencia y sus cuestionamientos filosóficos. No se cansa nunca, aunque a veces se sienta en una esquina del librero a regodearse ante mi autoengaño de persona feliz.

Sí, los depresivos como yo somos personas alegres, las más alegres que puedas conocer; estamos todo el tiempo activos, al grado de ser confundidos con personas obsesivo-compulsivas; preferimos pasar una hora entera tallando con cepillo de dientes cada una de las separaciones entre un azulejo y otro, antes que sentarnos a contemplar la nada y permitir que los pensamientos fatídicos nos atrapen.

Un depresivo como yo jamás te dirá que está muy triste, que la vida no vale nada o deberíamos matarnos de una vez. Por el contrario, siempre te mostrará el lado positivo de la historia e intentará que rías junto con él de la miseria.

Los depresivos no toleramos a los mártires; esa gente que va por ahí exhibiendo sus tragedias nos parece por demás insoportable. Por eso nosotros escribimos, viajamos, comemos, hacemos teatro; porque es más fácil interpretar el dolor ajeno que afrontar el propio.

Nos perdemos de las cosas simples de la vida porque casi todas requieren de un grado de relajación que nosotros, los depresivos, no podemos permitirnos. Nos sabemos siempre en el filo del barranco, a un paso de dejarnos caer hacia la oscuridad, rozando con las puntas de los dedos la línea que separa nuestro llanto más común, de la inmovilidad atroz y pacífica de la muerte.

Los depresivos no somos personas fáciles; vivir con nosotros puede resultar exhaustivo, pero también reconfortante, pues siempre sabremos qué decir para aliviar tu dolor: justo aquello que nos diríamos a nosotros mismos si tuviéramos el valor de enfrentarlo.

La depresión tiene muchas formas; la mía se mueve, camina a mi lado, se arrulla en mi canto de adulta funcional y despierta con el sollozar de mi niña abandonada, me sube a un columpio imaginario y me mece con suavidad hasta que olvido su existencia, se evapora y luego un día cualquiera vuelve a aparecer con su sonrisa insoportable y su ronroneo cotidiano. Ella es mi Gato de Cheshire.

Felices diez años

birth

¡Felicidades! Cumples diez años de haber escapado de esa prisión que tú misma creaste. ¿Recuerdas lo mucho que te costó salir?, ¿todas las mentiras que te inventabas para no moverte?, ¿las madrizas que aguantaste para que, según tú, no te doliera la soledad?

Yo sí me acuerdo de todas las veces que dejamos de ver a mamá para que no notara el moretón en el pómulo que ese cabrón nos dejó porque una mañana amaneció de malas o una tarde el automóvil no encendió. Mis ganas de salir corriendo y tu cobardía ante tantas chingaderas, como aquella madrugada en que me juraste que «ahora sí, te juro por dios que ya nos vamos para siempre», mientras que él dormía bajo el efecto del alcohol y la certeza de que tú, su cajerito automático con vagina, jamás lo dejaría…

¡Maldito insomnio! Rascándome la garganta puntual a las tres de la mañana. ¿Y este cabrón a qué hora habrá llegado? Apesta a cognac y putas, como siempre. Pero al rato sí lo voy a mandar bien a la chingada y a ver qué hace porque conmigo ya no va a jugar. Se le acabó su mensa.

El día de la cartita de amor lo disculpé porque, como sea, era su cumpleaños. ¡Pinche carta toda llena de faltas de ortografía! No sólo le gustan más chiquitas, además ignorantes. ¡Chamacas tontas! Si supieran que quien les paga la peda soy yo. Este cabrón no tiene ni madres.

Bueno, madre sí tiene, y un chingo. ¡Vieja alcahueta! “No Flaca, si mi hijo sólo tiene ojos para ti. Nunca falta la lagartona que quiere metérsele pero él ni caso les hace”, y luego me enteré de que hasta invitaba a comer a su casa a las “lagartonas”.

¡Qué ganas me daban de armarle soberano desmadre! Nada más que era día del papá y ni modo de aventarme una escena con toda la familia recordando que el susodicho se les escapó con la sirvienta. ¡No aguantan nada! Ya ni yo, que mi padre nos dejó en cuanto salí del cunero.

Ese sí que me jodió desde el principio; mis medias hermanas dicen que crecí mejor sin él y sus ataques de histeria, pero las veo casadas con tipos que no se le parecen y yo en cambio me busqué uno igualito: alcohólico, neurótico y encantador. La combinación ganadora. Como que entre más se le parecen al primer hombre que me abandonó más ganas me dan de aferrarme a sus costillas.

¡No mames, ahora hasta ronca! Debí mandarlo al carajo antes del Halloween de la oficina, ¿pero cómo iba a llegar vestida de Morticia y sin Homero? Todos preguntarían por él y yo sin saber qué inventarles. Ni modo de decirles que le encontré el ticket de pago de un motel y luego echarles la historia de que si ya estaba muy pedo y prefirió no poner en riesgo su vida al volante.

¡De veras que me paso de pendeja! Pero ahora sí, esta vez es la última. Nada más que pase Navidad porque ya le compré su regalo.

Tres y media de la mañana y este cabrón sin saber que ya se va a ir mucho a la chingada.

…Y así me tuviste, ¿cuánto?, ¿cinco años?, ¿tres decenios?, ¿toda una vida?

Hasta aquel ocho de mayo en que te jalé del brazo y te dije: «Déjalo todo, sálvanos antes de que ya no haya nada qué rescatar, ¡salta al vacío, chingada madre!, ¡va a doler mucho, pero vamos a estar bien!»

¡Hace ya diez años! ¿Puedes creerlo? Yo a veces no tanto; todavía hay noches en que ese cabrón se me mete en los sueños y despierto con un nudo en las tripas y una mano oprimiéndome el esternón.

¿Recuerdas lo bonito que fue descubrirnos enteras sin él? A mí no se me olvida nunca y hoy te quiero dar las gracias por haberme escuchado, y felicitarte mucho por estos diez años de vida. ¡De verdadera vida! Gracias por salvarnos y felicidades por creer en ti.

Viejas tristezas

niña

Tengo una tristeza vieja; de esas que se despiertan con el aire frío de noviembre, con la lluvia petulante de febrero, con el calor irrespirable de julio. A veces pienso que nació antes que yo y me estaba esperando en el cunero para adherirse a mi piel y no soltarme jamás, luego recuerdo que vine al mundo sin miedos ni expectativas y ella llegó después.

Mi mamá se había ido a Estados Unidos en busca de un futuro mejor para ambas. Me dejó viviendo en casa de mis abuelos paternos, a cargo de una tía que se convirtió en mi segunda madre y su hija, quien se convirtió en mi hermana. Yo pasaba la mayor parte del tiempo con mi abuela, pero había un momento del día en que no estaba con ninguna de las tres. Era después de haber llegado de la escuela; cuando mi tía estaba en el lavadero y mi nueva hermana jugaba sola en el patio.

Mi tío Luis me llamaba a su cuarto, y yo, una niñita de cinco años que no conocía el amor de un padre, iba a ese lugar en busca de una imagen paterna.

Él cerraba tras de mí la puerta y me alzaba en sus brazos para subirme a aquella cama altísima, de hospital, que le había sido heredada de algún pariente enfermo. Me hacía meterme bajo las sábanas y decía que íbamos a jugar; al principio sus caricias me hacían sentir querida, protegida y reconfortada, pero conforme el tiempo pasaba se iban volviendo más desagradables y poco a poco perdía la conciencia de estar ahí; me concentraba en el sonido de la televisión que llegaba desde la recámara de mi abuela, en el olor a cigarro que se desprendía de los edificios hechos con las cajetillas que mi tío ordenaba en perfecta simetría contra la pared. Imaginaba que estaba en la playa, comiendo un helado, volando en columpio, lejos, muy lejos de esa habitación. Al final él me bajaba de la cama y yo corría en busca de mi tía.

No tengo idea de cuántas veces sucedió, aunque calculo que se prolongó alrededor de un año. Un buen día no volvió a ocurrir y mi mente lo borró, hasta una tarde, cuando ya contaba con siete u ocho años, mientras veía la televisión con mi abuela y en la pantalla presentaban una escena que me hizo recordarlo.

—Mira mami, eso me hacía mi tío Luis.—

Ella me miró con el rostro transformado en el de un dragón y entre gritos me ordenó salir de su recámara. Bajé las escaleras llorando; no entendía por qué se había enojado tanto, nunca me había hablado así.

A partir de ese momento mi abuela se convirtió en un iceberg contra el que yo no debía tropezar. Procuraba portarme mejor que nunca; pasaba horas en silencio, levantaba mi plato en cuanto terminaba de comer y obedecía en automático todas sus órdenes. Nunca más volví a mencionar el tema.

Conforme fui creciendo me convencí de que era feliz en ese mundo; me parecía normal ver a mi abuelo llegar cayéndose de borracho, a mis tíos discutiendo hasta llegar a los golpes, a mi padre desaparecer cada tanto sin saber cuándo volvería.

Crecí con el temor en las entrañas; sabiendo que hay personas que te maltratan, te hacen sentir menos, abusan de ti o se olvidan de tu existencia como de un plato desechable y se van, y a pesar de eso debes respetarlos porque son tu familia y las familias así son.

Me enseñaron a bajar la cabeza ante el enemigo, a rendirle pleitesía al alcohólico y a sentir conmiseración por el abusador.

Por eso tengo esta tristeza vieja de las que no se curan con una salida al cine o media vida en terapia, tengo montañas de rabia que se me atoran entre el hígado y el esternón, tengo este llanto acumulado que se contiene durante meses hasta que una piedrita cualquiera, un comentario, un recuerdo, hace que se desborde e inunde todo a mi alrededor.

Tengo la certeza de que, nunca más, bajo ninguna circunstancia, permitiré que nadie me diga que esto que me está doliendo no pasó.

No llores más

adios

Somos lo que queda cuando el año está por terminar; los duelos, las ausencias, los fragmentos de recuerdo que flotan en forma de sonrisa, las mañanas frías que nos hacen añorar el último abril.

Para mí, 2017 fue un parteaguas; un volver a empezar desde el lugar más alejado del mundo, ese donde te dicen que estarás bien porque se llama libertad y, vamos, ¡qué bonita palabra! La libertad de hacer lo que te gusta con quienes quieres, a tu modo y sin más reglas que las tuyas. ¡Qué bien suena, caray!

Sin embargo ha sido un trayecto complicado. Yo, acostumbrada a no preocuparme por cuestiones de dinero, me volví contadora de centavos y acrecentadora de sueños; cuando no te queda para dónde voltear, la única opción es mirar hacia lo que aún no llega pero ahí está, esperándote. Despiertas cada mañana sabiendo que tu vida depende sólo de ti y al llegar la noche piensas que por hoy lo lograste.

La inercia me fue llevando y todo parecía marchar bien, di por sentado que viviría muchos años y tenía que ahorrar, procrear, controlar. Luego, un mediodía de septiembre, la tierra nos sacudió y todo lo que yo creía terrible y complicado cambió de matices; los ahorros de toda una vida no serían suficientes para quien perdió un hijo o un hermano entre los escombros, el control era una sombra burlándose de mi autoengaño.

A una semana del terremoto llegó a mi casa un niño de ocho años tembloroso y con ojeras; se negaba a comer y temía quedarse dormido. Yo lo miraba y me veía a mí por dentro; triste, furiosa y con miedo de perder a quienes amo. Lo arropé tanto como pude y él, sin siquiera notarlo, me ayudó a levantarme y seguir. Durante esos días me hice de una nueva familia, la que se quedó conmigo a resistir el terror de las madrugadas entre el ruido de las ambulancias y el polvo de la destrucción.

Las semanas se siguieron una a la otra y volví a tomar el ritmo tanto como fue posible; soñando de repente que la tierra volvía a trepidar, convirtiéndome en estatua cuando escuchaba una alarma sonar a lo lejos, cazando grietas en cuanto lugar visitaba, diciendo te amo cada vez más alto por si no lo podía volver a pronunciar.

Faltan unos días para que este año, por fin, se acabe dejándome muchas lecciones, un montón de anécdotas que contar, una nueva familia, varios nombres nuevos en mi lista de mejores amigos, a mis seres amados con vida y la esperanza de que, pase lo que pase, hay alguien dispuesto a decirme cada noche «Ven, te abrazo. No llores más». 

 

Sincronías

tabla

I. ¿Quién te gusta más?

Aída era la más pequeña de siete hermanos que solían ignorarla. Siempre fue una niña solitaria y no fue hasta su adolescencia que se hizo de un grupo de amigas con quienes pasaba la mayor parte del tiempo. Llegaban todas a su casa a jugar con ella y aprovechaban para coquetear con sus hermanos mayores.

Una tarde de noviembre, Susi, su mejor amiga, trajo consigo “La güija”; una vieja tabla de madera que tenía inscrito el alfabeto y prometía contactarlas con espíritus del más allá. Aída la miró con escepticismo, en el fondo le daba un poco de miedo, pero se negaba a aceptarlo. Llamaron a dos chicas más y se reunieron para divertirse.

—¿Estás ahí? —preguntó Liliana sin que el puntero se moviera ni un milímetro.

—¿Cómo te llamas? —arriesgó Pati, pero no hubo respuesta.

—¿Quieres venir a jugar? —pronunciaron todas al unísono sin haberse puesto de acuerdo.

El puntero avanzó enérgico hacia la palabra “Sí”. Las chicas se emocionaron; ¡por fin alguien las había contactado!

Comenzaron a interrogar una tras otra:

«¿Sabes cuándo me voy a morir?», «¿A qué edad me voy a casar?», «¿Daniel me va a pedir que sea su novia?».  La única que no se atrevía a pronunciar palabra era Aída, se sentía abrumada. Las demás continuaron; «¿Cómo te llamas?», «De las cuatro, ¿quién te gusta más?»

—¡Basta, ya no quiero seguir con esto! —cerró la tabla y les pidió que se marcharan. Se había hecho de noche sin que se dieran cuenta y era hora de ir a casa. Susi salió molesta dejando olvidada la güija, que pasó la noche sobre la mesa del comedor. Al día siguiente, cuando Aída salió hacia la escuela, ya no la vio; supuso que sus padres la habrían guardado y se olvidó del asunto.

Semanas más tarde, Lucio, su hermano mayor, la cuestionó:

—¿Le pediste permiso a mi papá para traer a ese güey a la casa?

—¿Qué güey?

—No te hagas, ayer que llegué estabas poniendo un disco y un cabrón te estaba abrazando. Estuve a punto de madrearlo.

—¡Estás loco!

Aída subió furiosa a su recámara y no volvió a bajar durante el resto del día. ¡Lucio y su necedad de inventar historias para atormentarla! Se quedó dormida. Soñó que un hombre la desnudaba muy despacio y le recorría la piel con unas manos que la oprimían sin lastimarla, se metía entre sus sábanas y le sellaba los labios con un beso.

—¡Aída!, ¿estás bien?, ¿qué pasa ahí dentro?

Escuchó la voz de su madre al otro lado de la puerta. Despertó empapada en sudor, quiso levantarse, pero no pudo, algo se lo impedía; como si sobre ella descansara una lápida.

—¡Mamá, no puedo levantarme, no puedo moverme! ¡Mamá!

La cama comenzó a chirriar como si un par de niños brincaran sobre ella. La voz de su madre gritaba su nombre, la habitación parecía cada vez más pequeña.

«Es una pesadilla, estoy dormida». Cerró los ojos para intentar despertar.

—Tú eres la que más me gusta de todas tus amigas —susurró una voz como un eco viajando desde muy lejos hasta su oído izquierdo.

Aída sintió un cuchillo traspasar su garganta.

—¡Mamá! —suplicó languideciendo.

Despertó con la boca seca, las manos entumecidas y las piernas arañadas.

 

II. Morirse una vez

Aquella mañana Ernesto ya no despertó, al menos no como solía hacerlo. Abrió los ojos y no sintió su cuerpo; se había convertido en un fantasma. No tenía idea de lo que había sucedido, siempre fue un hombre sano; no fumaba, bebía poco y prefería la compañía de un buen libro que la de sus amigos parranderos. Nada indicaba su deceso como algo natural, pero era un hecho: estaba muerto.

Así lo comprendió cuando vio a su madre llorar ante su cuerpo y luego a los de la SEMEFO sacarlo de la habitación. Trató de consolarla, pero fue imposible; no podía sentirlo y menos escucharlo. El tiempo se había transformado en una materia viscosa; todo iba demasiado rápido, ¿o demasiado lento?, no lo sabía. La no vida se le iba sin que nada particular pasara; ninguna luz al final del túnel, cero ángeles salvándolo o demonios seduciéndolo hacia el inframundo. Sólo ese silencio que se hacía cada vez más insoportable.

Una tarde de quién sabe cuándo, mientras observaba a una hormiga luchar contra una gota de lluvia que la había atrapado, escuchó voces. ¡Voces!, ¿de personas?, ¡quizás otros fantasmas! No alcanzaba a distinguir lo que decían, pero eran varias mujeres. De pronto sonaron todas a la vez:

—¿Quieres venir a jugar? —

Ernesto sintió la reminiscencia de su corazón latir y, a pesar del miedo que lo invadió, logró lanzar un «Sí» anhelante.

—Sí quiero jugar con ustedes, no me importa quienes sean. No me dejen solo otra vez. —

Una fuerza como un vendaval lo arrastró hasta una habitación pequeña donde estaban reunidas cuatro adolescentes alrededor de una güija. Tres de ellas le lanzaban preguntas para las que él carecía de respuesta. «¿Sabes cuándo me voy a morir?», «¿A qué edad me voy a casar?» «¿Daniel me va a pedir que sea su novia?».

Sólo una de ellas permanecía en silencio; su piel blanca contrastaba con el pelo oscurísimo y en sus ojos color avellana, Ernesto pudo ver un dejo de altivez que lo llevó a recordar cuando alguna vez tuvo piel y huesos.

«De las cuatro, ¿quién te gusta más?» escuchó Ernesto. La tabla fue cerrada en ese instante por la mujer cuyo nombre habría pronunciado de haberlo conocido. Fue ella quien se quedó sola en casa, las demás se marcharon. Ella y Ernesto, quien ahora cohabitaba en este nuevo espacio lleno de personas que ignoraban su presencia.

Con el paso de los días conoció a toda la familia: estaban mamá y papá, Lucio, Juan, Rodrigo, Joaquín, Pedro, Ricardo y Aída.

Ernesto sentía morir de amor por Aída, sí, ya estaba muerto desde antes, pero es que tratándose de amor morirse una vez no es suficiente. Pasaba las mañanas esperando a que llegara de la escuela y las tardes haciéndole compañía durante las tareas. La observaba sentarse junto al tocadiscos y a veces fingía abrazarla mientras ella tarareaba alguna canción. Por las noches jugaba a arroparla y se acostaba junto a ella imaginando que compartían calidez.

Aquella tarde Aída subió furiosa a su habitación, Ernesto la observó sabiendo que ella jamás lo vería. Tras unos minutos de llanto incontrolable, por fin se quedó dormida. Lucía a la vez tan etérea y terrenal, que no pudo controlar el deseo de acariciarla. Comenzó a recorrerla con parsimonia dejando a sus dedos incorpóreos jugar con la textura de su piel, fue subiendo desde las pantorrillas hasta llegar a la boca, esa boca que rebosaba dulzura. No pudo más y se atrevió a besarla.

La cama comenzó a chirriar, Ernesto no sabía qué estaba pasando. «No tienes permitido tocar a los vivos» rugió una voz estridente proveniente de otra dimensión. Ernesto tuvo pavor, alcanzó a rozar el oído de Aída y en su desesperación le susurró: «Tú eres la que más me gusta de todas tus amigas».

El mismo viento que lo había traído hasta ella ahora lo alejaba con furia. Ernesto intentó sujetarse a Aída; aferrarse a su ropa, a su piel, a su cabello.

—¡No dejes que me lleven! —bramó sin que nadie lo escuchara.

Desapareció para siempre dejando las huellas de sus uñas como único recuerdo en las blanquísimas piernas de Aída.

 

Éxito

Treinta y siete años. Caray… suenan tan cerca de los cuarenta. ¡Están tan cerca de los cuarenta! ¿En qué momento se me juntaron? Si hace apenas unos años que aprendí a escribir mi nombre con crayolas, si no hace ni un par de ayeres que fumé mi primer cigarro o probé la libertad de vivir en soledad. ¡Cuánto tiempo se me ha pasado!

Pienso en todo esto mientras sacudo con esmero el polvo que se junta en las esquinas de la casa. Me estoy volviendo vieja y aún no tengo el hijo ni el árbol, y del libro, pues en eso andamos. Temo tanto al tiempo que esta semana me enfermé de los riñones (dicen que ahí es donde se reflejan nuestros miedos más profundos). No soy la señora elegante que de niña imaginé que sería; es más, sigo siendo más feliz subida en un columpio que comprando cremas carísimas indispensables para las mujeres de mi edad. Tal vez es que las mujeres de mi edad seguimos siendo niñas con miedos muy bien maquillados.

Me agacho para levantar una hojuela de avena que se niega a salir con la escoba. ¿En qué se me fue este último año? ¿En qué se me fueron los seis anteriores? Me enamoré y me rompieron el corazón, me levanté (o mejor dicho, me levantaron) y conocí París, Milán, Venecia, Cartagena… Me convertí en la dueña de una empresa y luego un día me quedé sin empresa, me fui de mi primer departamento a mi nuevo departamento, me di permiso de volverme a enamorar, me rompí más veces de las que creí posibles y me levanté a sabiendas de que hay heridas que nunca lograré sanar.

Reviso debajo del sofá que no hayan quedado más hojuelas escurridizas. ¡Se me fue otro año, caray! ¿Pero en verdad se me fue o yo me fui junto con él? Este año no salí del país, no compré ropa ni zapatos, no cambié de auto ni nada de esas cosas que según las revistas demuestran que eres exitosa. ¿Qué hice entonces?

Me acuesto en la alfombra de la sala dispuesta a no levantarme jamás. Has vivido —me responde una vocecita muy al fondo de mi cabeza— has dejado que muchas personas te toquen el corazón con sus historias, has cerrado los ojos sin tener idea de lo que viene adelante, aprendiste a pedir ayuda, permitiste que alguien te cuidara, te rodeaste de personas que te aman y las convertiste en tus cómplices, le dijiste lo que te molestaba a quien tenía que escucharlo, descubriste que no está mal cenar helado de vez en cuando, conociste Chiapas y te enamoraste de sus árboles enormes, esos que tanto te recuerdan a tu papá, te olvidaste del qué dirán, te ocupaste de ser feliz.

Siento lágrimas descender por mi rostro, me incorporo y coloco la escoba en su lugar. Este ha sido un gran año, casi tengo treinta y siete y aún me doy permiso de llorar como cuando apenas sabía escribir mi nombre con crayolas. Y tal vez esa es mi nueva y muy personal definición de éxito.

Inaccesibles

Dicen que tengo muy buen gusto para los muebles, yo hubiera querido tenerlo para escoger a los hombres de mi vida. Siempre he elegido a los que están más fregados: los que le temen al compromiso, los del ego muy grande o muy pequeñito, los que no saben expresar sus sentimientos o, peor aún, los que no pueden contenerlos. Mientras más rotos, más me gustaban. Supongo que porque estaba igual de jodida que ellos.

El primer hombre que recuerdo es por supuesto mi papá, vivíamos en casa de mi abuela pero no en el mismo espacio: él cohabitaba en una pequeña recámara con su esposa nueva y su hija más pequeña, yo compartía la habitación de al lado con una tía —quien me crió y es mi segunda madre— y con su hija mayor, que se convertiría en mi hermana. Es decir, yo tenía cinco años y mi papá era mi vecino. Crecí viéndolo de cerca pero sintiéndolo lejano.

Mi otro papá era el esposo de mi tía-mamá, en su presencia casi siempre éramos felices: nos llevaba a pasear, nos compraba de todo, se tomaba a escondidas la leche que nosotras no queríamos beber, nos llenaba la vida de juguetes, risas y cantos. El problema era su intermitencia, pues era alcohólico y podía desaparecer durante meses sin que nadie tuviera noticias suyas ni hiciera nada por encontrarlo. Sólo mi hermanita preguntaba:

—¿Dónde está mi papá?

—Trabajando.

Un mediodía llegó a la casa muy tomado, yo tendría siete u ocho años, estaba por irme de vacaciones a Querétaro con unos familiares y en cuanto lo supo me prohibió ir. Mi tía dijo que no le hiciera caso, seguro cuando se le bajara la borrachera ni se acordaría. Me fui quince días y cuando volví él se había marchado como siempre, pero esta vez yo creía que había sido por mi culpa. Cuando regresó, un año después, me prometí no volver a desobedecerle para que nunca más nos abandonara por tantísimo tiempo.

La imagen paterna más constante que tuve fue mi abuelo. Él no faltaba nunca a dormir; cada tercer día llegaba a la casa envinado cual pastel, apagando luces así fueran las siete de la noche y mandándonos a todos a dormir a punta de malas palabras y aspavientos. A la mañana siguiente era como si nada hubiera pasado, teníamos prohibido hacer comentarios al respecto y debíamos portarnos amables, obedientes y respetuosos con él, pues era el jefe de la familia.

Así transcurrió mi infancia: entre estos tres hombres inaccesibles y un montón de mujeres vigorosas que siempre estaban ahí procurando que el hogar no se nos desbaratara.

Hace un par de años una psicóloga me dijo «Por supuesto que ibas a aceptar que tu pareja te fuera infiel, si creciste viendo a tu papá brindándole su cariño a otras». Esto me puso a pensar en los hombres de los que solía encariñarme: los que me buscaban para pasar el rato y luego desaparecían por semanas, los que eran divertidísimos en las fiestas hasta que el exceso de copas los tornaba desagradables, los que necesitaban aprobación constante o cambiar con frecuencia de pareja sexual, los que no sabían quedarse, los que no querían quedarse, los que se iban pero un día cualquiera regresaban. En fin, que decidí pasar un buen rato sin pareja para evitar otra mala elección y poco a poco he ido aprendiendo a detectar en dónde no debo ni siquiera asomarme.

Dicen que tengo muy buen gusto para elegir muebles, a mí me gusta pensar que cada vez elijo mejor a las personas de las que me rodeo y que los muebles son sólo parte de la decoración.

Proyecto sentido

Hace unos días una amiga me contaba que está embarazada, noticia ante la cual, su novio —quince años mayor que ella y en pleno proceso de divorcio— reaccionó con un «¡Qué alegría! A éste sí lo voy a disfrutar».  Así, como si los primeros hijos hubieran sido sólo de prueba. Me sentí ofendida a un nivel casi personal, pero no le dije nada a mi amiga, pues mi molestia no se debía a lo que me acababa de platicar. Yo sabía que iba mucho más allá.

Esa misma mañana, mi padre, con quien no tengo mayor comunicación que algún mensaje aleatorio y bastante impersonal en Facebook, me había escrito lo siguiente:

«No sé si lo sabías, pero yo amé tanto a tu madre, que deseaba tener una hija que se pareciera a ella. A eso le llaman “Proyecto sentido”: cuando los padres desean a un hijo y lo traen con amor, éste viene con un objetivo muy grande, con una gran razón para estar y vivir aquí.»

Le respondí que gracias y me quedé sin nada más que decir. Corrí a contarle a mi madre y ella ha llorado un poco mientras asentía con la cabeza. La he abrazado y le he agradecido también.

Mis padres me tuvieron cuando ella contaba con diecisiete años y él con diecinueve. ¡Eran dos chiquillos! ¿Cómo juzgarlos cuando, a mis treinta y seis, yo no sabría qué hacer con un hijo? Sin embargo no puedo evitar que estas palabras escritas por él, lejos de hacerme feliz, me incomoden: me recuerdan que, en efecto, me trajo al mundo con todo el amor que sentía por mi mamá y luego nos abandonó a las dos para iniciar una nueva familia con otra mujer.

¿Qué se supone que debía responderle? Agradezco por supuesto el que me haya obsequiado la vida, sin embargo me habría gustado que además me enseñara a transitarla. Ojalá hubiera estado cuando los niños comenzaron a fijarse en mí y yo no sabía cómo reaccionar al respecto, cuando aprendí a andar en bicicleta o cuando mi primer mascota se murió.

Ojalá alguna vez se hubiera tomado el tiempo para preguntarme si lo extraño, si me ha faltado su consuelo, si he deseado alguna vez que me rescate de los fantasmas que se cuelan entre mis ganas de ser feliz y mis malas decisiones. Yo hubiera deseado tener un papá, pero uno de a de veras; de esos que están, que protegen, que regañan, que aunque no sepan ser papás se quedan a intentarlo.

No supe responderle nada más que un raquítico «gracias», a sabiendas de que somos un par de extraños que jamás convergerán en la misma línea de tiempo. Es una lástima que, hasta el día de hoy, él nunca se haya dado la oportunidad de conocerme; que no sepa que tengo un rincón favorito para leer, que me gusta escuchar la lluvia hasta quedarme dormida, que soy alérgica a las sulfas y fanática de la sopa de fideo. Que ignore lo mucho que odio las injusticias, la televisión abierta y el frío que se me cuela por la nuca entre noviembre y enero. Que no me haya visto crecer y convertirme en esta mujer maravillosa que yo sé que soy, no porque él venga y me lo escriba una mañana cualquiera, sino porque he tenido que aprenderlo a fuerza de muchos huracanes y soles nuevos.

Mi amiga me seguía contando del miedo que siente por esta nueva personita que está creciendo en su interior. Mientras tanto yo pensaba en mi padre, cuya imagen es una sombra diluida en mis evocaciones; que dice haber amado tanto a mi mamá, que alguna vez deseó que yo fuera igual a ella. Mi padre, que no se ha dado el tiempo ni el permiso de descubrir si su deseo se le cumplió.