“Sapito” era un tostador de pan color verde raro: no era pastel, tampoco era pistache. Era un verde raro que no combinaba con nada y combinaba con todo porque era lo único que teníamos. Eso y nuestra gran pasión.

Hoy no sé qué pensabas tú, si nos imaginabas para siempre juntos o no; tampoco ya me lo pregunto. Lo que sé es que en ese momento, cuando nos regalaron a “Sapito”, me sentía la mujer más feliz del mundo: te amaba. Te amaba como sólo se ama aquello que jamás creímos que alcanzaríamos y de repente, por fin, logramos rozarlo con las puntas de los dedos.

Recuerdo nuestra casa sin más muebles que el colchón sin base de la cama y nuestros cuerpos sin más ropa que la piel del otro dejándose abarcar entera. Nos recuerdo felices, comiendo de prisa para que las dos horas que tenías de comida nos dieran tiempo de saciar otras hambrunas. Recuerdo también tu risa, tus ojos, tus manos… recuerdo todo y a veces pasa que ya no puedo recordar nada. Las imágenes se me desdibujan y sólo me queda en la garganta aquel sabor a mezcal que por primera vez conocí de tus labios.

Hoy el tiempo ha hecho lo suyo y estoy segura de que, así como yo, donde quiera que estés tú también tienes ya muchos más utensilios de cocina. La vida seguirá y el recuerdo de lo que fuimos se desvanecerá en el olvido.

Sólo espero siempre poder recordar cuando sólo teníamos a “Sapito”.

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