Esta es la última vez que te lloro así; en silencio para no perturbar a los fantasmas, en el filo de un sofá que da a la puerta por la que te vi salir para siempre de mi vida, con los labios conteniendo un «No te vayas» que se me quedó guardado para siempre en la garganta, que se me ha ido disolviendo cada mañana en el café que ya no te preparo mientras la vida pasa y me recuerda que así es como debe de ser y que todo está bien. Todo muy bien.

Ya no extraño tus ojos, o mejor dicho ya no los recuerdo. Recuerdo tu aroma y tu risa, recuerdo el sonido de tu ir y venir por nuestra casa, recuerdo que te fuiste prometiendo un día volver y recuerdo el día en que te dije que había dejado de esperarte, porque era evidente que no regresarías.

A partir de entonces paso la vida muy bien; he viajado mucho, he reído más, tengo nuevos amigos, un nuevo empleo, harto whisky y montones de nuevas historias para contar. Te he soñado un par de veces y hasta he caído en la trampa de creer que igual y un día cualquiera te apareces con tu mochila cargada de libros y tus ganas de quedarte a ser feliz.

Esta es la última vez que te lloro, porque si algo aprendí de ti es que esta vida es para disfrutarla. Donde quiera que te encuentres sé que estás feliz y esa es una excelente razón para no volver a llorar por ti.

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