Ella había nacido ya con alas, no eran muy grandes ni llamativas, eran más bien pequeñas, transparentes y ligeras. Le gustaba batirlas un poco por la mañana para desperezarse, y sacarlas al sol después de una tarde de lluvia. Le parecían unas alitas bonitas, sin ninguna utilidad pero bonitas.

Él apareció una tarde de tormenta, cuando ella creía que no había sol capaz de secar todas las lágrimas que brotaban de su corazón. La miró en silencio, la dejó llorar hasta que ya no pudo más, le secó el llanto y le habló de otros mundos , de lugares que ella no conocía, de cielos despejados y de mares infinitos, de la posibilidad de volver a comenzar.

“Tú lo que necesitas son lecciones para volar”, le susurró al oído mientras iba besándole las ausencias, mientras la despojaba de su ropa, de sus miedos, de sus ganas de echarse otra vez a llorar, mientras le acariciaba las alas y le enseñaba cuán lejos podía llegar con ellas. Fue invadiendo poco a poco sus sentidos; cada día le mostraba un truco nuevo, una nueva pirueta, un olor, un roce distinto.

Ella comenzó a hablarle de amor, pero él la callaba a besos y le recordaba lo hermoso de la libertad, le pedía que batiera sus alas y que disfrutara del trayecto, la llevaba de la mano a conocer nuevas rutas de vuelo y luego la soltaba para que aprendiera a planear sin ayuda de nadie.

La primera vez que la soltó, ella sintió pánico y él volvió a tomar su mano de inmediato, pero luego ella fue agarrando más confianza y entonces él comenzó a dejarla sola por más tiempo. Por horas, por semanas enteras ella tenía que volar sin saber si algún día él regresaría. Cerraba sus ojos, abría las manos y dejaba que el viento la acariciara, mientras esperaba que él volviera para salvarla.

Pasaron los meses y una tarde de abril él volvió, cuando ella ya no lo esperaba. La encontró sentada a la orilla del mar, batiendo sus alas recién lavadas.

“Hubiera querido quedarme contigo para siempre”, le dijo él con toda la melancolía que podía caber en su garganta.

Ella lo miró por un instante, “Hubiera querido que te quedaras, pero ambos sabemos que tú sólo podías darme lecciones para volar”.

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