Durante muchos meses sufrí de dolor de oído, de ese que te hace desear ser decapitado. Me decían que debía visitar a un médico, pero yo sabía que no había analgésicos capaces de llegar a la raíz de mi dolor. 

De eso hace ya tres años, desde aquella noche en que él me anunció por teléfono que ya no deseaba más vivir conmigo, que tenía demasiados problemas y yo era el menor de ellos, que ¿qué quería? ¿que me dijera que ya a la verga? pues ya, ¡a la verga!

Fue como escuchar todos los cristales del mundo romperse frente a mí en millones de pedazos. Se me pasmó el corazón, se me quebraron los huesos, se me acabó la vida.

A partir de ahí vivimos varias semanas más en el mismo espacio aunque en diferentes sintonías, él se iba muy temprano y sin despedirse, volvía muy de noche mientras yo lo esperaba fingiendo dormir para no tener que soportar su silencio espectral. Me aferraba a mi lado de la cama y desde ahí veía su espalda fría y lejana diciéndome que no osara ni por error acercarme. Hubiera deseado una cama más pequeña para poder en un equívoco rozar con mis pies los suyos, para que una última chispa de todo mi amor lograra incendiarlo. Pero no. El king size es un muy mal tamaño para reparar lo irreparable.

Las llaves de su nuevo departamento llegaron días antes de mi cumpleaños, me las mostró junto con una sonrisa enorme y yo sólo alcancé a lanzar por la ventana el último trozo de dignidad que me quedaba para pedirle que no se fuera el fin de semana de mi cumpleaños, que se quedara al menos uno más. Él, desde su inmensa magnanimidad aceptó y yo desde mi inmensa estupidez me ofrecí a ayudarle con la mudanza.

Una semana después comenzamos a empacar:

Ropa, zapatos, libros, montones de libros. La estúpida repartición de nuestros pocos bienes, la agónica envoltura de lo que ya no tiene a donde pertenecer.

La mudanza llegó el domingo a las cinco en punto de la tarde, todo estaba listo. Todo, menos yo. Lo abracé en la puerta de la entrada, le deseé que se fuera a ser feliz, intenté que mis lágrimas no  empañaran su alegre vuelo pero las muy desertoras saltaron de mis ojos en un último intento desesperado por hacer que se quedara. Debe haberme visto devastada porque en su prisa alcanzó a decirme “No te azotes, nos vamos a seguir viendo” y cerró la puerta sin decir adiós.

Me quedé entonces con todos mis dolores: las manos y los hombros por los dos últimos días de estar empacando, la garganta de tanto contener un ¡no te vayas! ¡no me dejes es esta vida sin ti!, los ojos de tanto llanto retenido, los dedos de tanto apretar unos con otros para evitar que a media noche se me escaparan para ir a buscarlo, la piel de tanto frío que no habría de irse, porque era septiembre y las lluvias no ayudaban y el departamento estaba vacío y se había ido sin entregarme las llaves.

¡Las malditas llaves! Por culpa de ellas pasé noches enteras con dolor de oído. Durante el día procuraba ocuparme; buscaba trabajo, iba al gimnasio, fumaba en vez de comer, en fin, hacía como que hacía. Pero al llegar la noche todo era esperar a que llegara.

¡Sí, que llegara! Porque se había llevado las llaves y ésa era la señal inequívoca de que un día volvería. Entonces yo me metía a la cama y ponía la televisión a un volumen muy bajito para poder escuchar cuando sonaran las llaves anunciando su regreso, y de paso el mío. Las horas pasaban, pasaban, pasaban…

Las llaves nunca sonaron, la vida sólo siguió. Y un buen día, sin siquiera percatarme, el dolor de oído se había ido.

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