Desperté tirada sobre la alfombra de un hotel de paso, con una sensación de adormecimiento invadiendo mis músculos y sin comprender lo que había sucedido la noche anterior. Intenté levantarme pero mis extremidades no respondieron, era como una marioneta cuyos hilos se hubieran reventado. Como pude, me incorporé y me dirigí al baño. Ahí, viéndome al espejo, lo recordé todo.

Él se había puesto violento de nuevo, pero esta vez había ido más allá; no eran los pellizcos disimulados en los brazos ni el golpe seco que punzaba al pasarme un peine por la cabeza. No, esta vez me había tirado al piso y me había pateado hasta que perdí la conciencia. Y ahí estaba yo, frente al reflejo de un rostro que no reconocía como mío: el ojo derecho estaba completamente cerrado y los labios estaban tan hinchados que ni siquiera podían diferenciarse del resto de la cara. Me horroricé.

Como me horroricé mucho tiempo después cuando, ya en otra relación, descubrí que no es necesario usar los golpes para herir de muerte a quien te considera indispensable. Una tarde de agosto mi mamá me preguntó «¿Por qué permites que te hable así?» y yo me apresuré a responder que «No mami, es que cuando estamos solos no es así».

Me hallé defendiendo lo indefendible, porque éste sí era un hombre bueno que jamás me había violentado físicamente. Sin embargo, cómo dolían sus sutiles bromas a mi forma de hablar, a mi incorrecto uso de ciertas palabras, a mi desconocimiento en temas de actualidad sobre los que él acababa de leer y yo por estar pendiente de esperarlo con la casa reluciente ni me había enterado.

No, él nunca me dejó la cara amoratada, lo suyo era más sutil; como el jarabe para la tos que pretende saber a cereza pero deja siempre un resabio a cobre en la garganta, iba deslavando poco a poco lo que quedaba de mi autoestima a la vez que la suya se acrecentaba. Por momentos llegué a creer que era la mujer más tonta del mundo.

Me volví a sentir como aquella mañana en que no reconocí mi rostro frente al espejo.

Hoy, muchos años después, me he perdonado por permitirle a esos hombres haberme hecho tanto daño, me he sanado las heridas y no niego que de vez en cuando todavía alguna me produce una leve punzada. Como hoy, que he tenido que escribirlo.

Ya no le otorgo permiso a nadie de definir quién o cómo soy, ya no concibo que alguien que dice amarme me lastime, ya cuido de mí con todo mi amor, como sé que nadie más en este mundo podrá cuidarme.

 

 

 

 

 

 

 

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