La primera vez que tuve todo planeado no contaba con más de seis años de edad. Me plantaba frente al espejo de la habitación de mi madre con el gorro de una chamarra colgando sobre mi cabeza (según yo simulaba mi larga cabellera), un cepillo redondo a modo de micrófono y la idea clarísima de lo que habría en mi futuro remoto: «de grande seré Daniela Romo». Cantaría como ella, sería famosa y tendría una envidiable melena bruna que me llegaría hasta la cintura. Pero bueno, ya sabemos que eso no pasó.

La segunda vez tendría siete u ocho años, le pedí a los reyes magos “una bici rosa con canastilla para llevar mis Barbies”, pues mi plan implicaba rodar por el mundo y salir huyendo de esa casa de locos. Pero ellos decidieron que lo mejor para mí era una Vagabundo negra con actitud de chico malo. Desde que la vi la desdeñé, mas no sabía lo mucho que la detestaría después de que mi abuelo, de mala gana, me enseñara a maniobrarla. «Te vas a caer, niña. Fíjate en lo que haces» y «¿Ya ves? No puedes» fueron las frases que escuché una y otra vez durante ese interminable fin de semana. A partir de ese momento supe que mi trayectoria sería complicada, que la vida no iba a ser un paseo sobre neumáticos blancos con rayos rosas y que, por supuesto, era necesario cambiar de plan. 

Sí, cambiar de plan una y otra vez, y todas las veces que sean necesarias. Porque he perdido la cuenta de las ocasiones en que creí tener mi vida planeada: como cuando quise quedarme para siempre con quien no debía o cuando pensé que lo mío era ser actriz y acabé trabajando de Patricio Estrella en la prestigiada obra teatral “Bob esponja y su pandilla” o cuando juré que odiaba cocinar y luego descubrí que pocas cosas disfruto más que preparar pasta y olvidarme del mundo mientras soy feliz en mi cocina.

Hoy, con mis treinta y seis años bien plantados, no tengo todo planeado. Tengo en cambio la experiencia de que el pelo larguísimo requiere de cuidados excesivos y se te enreda a cada rato y te asfixia a la hora de dormir, tengo la posibilidad de comprarme una bici rosa o un patín del diablo azul cobalto o no comprar absolutamente nada y salir a caminar bajo el cielo chilango. Tengo gente que amo y me ama, tengo mis pies para andar, mis manos para acariciar, mis ojos para llorar cuando todo sale mal y muchos kleenex para secarlos y seguir avanzando. Tengo, sobre todo, la certeza de que pase lo que pase, siempre se puede cambiar de plan.

 

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