Te escribo desde lo más profundo de mis entrañas, desde la herida que dejaste abierta y no has sido capaz de venir a desinfectar. Quiero que sepas que no es necesario que regreses a limpiarla.

Hoy se cumple ya un mes de la última tarde en que te vi. Hasta hace unas horas, intentaba convencerme de que, si te esperaba un poco más, si me mantenía ecuánime, si me dedicaba a prepararme para lucir perfecta, aparecerías de nuevo con un «Te amo» en la mirada, y todo volvería a ser como antes.

Llevo ya treinta días con sus inextinguibles noches, buscando una señal de que me extrañas, queriendo saber que sin mí tu vida no está completa; convenciéndome de que, a pesar de que nuestro mundo se encuentra fracturado, aún quedan vestigios de amor suficientes para volverlo a levantar.

Pero nada, no hay señales de nada más que de tu partida sin retorno. Se murió tu amor por mí, se esfumaron tus ansias por poseer mi cuerpo. Te fuiste para siempre desde mucho antes de haber salido de mi campo visual, pero yo me negaba a abrir los ojos y observar la llanura de mi soledad sin tus manos.

Me dijiste «Esto no se acabó, nos seguiremos viendo». Yo sabía que no era verdad (tampoco es que me engañe hasta ese grado) pero, ¿qué quieres? Te amaba y te esperaba, como he esperado siempre a todas las personas que prometen regresar dejándome el corazón suspendido en la estulticia del optimismo.

Así tú me dejaste: instalada en el dolor, en la espera, en este amor que no me sirve de nada y que cada día me consume más. Me abriste en canal y te fuiste, dejándome expuesta a las moscas, a la inmundicia, a estas ganas de aventarme del balcón que da a la avenida, para no volverte a pensar.

Aquí estoy, con el llanto carcomiéndome las mejillas, con el amor destrozado como fruta en supermercado, con la vida deshecha mientras que tú buscas allá afuera otros labios y otras ganas.

He comprendido que este amor se tiene que ir, porque tú no lo quieres y yo ya no lo soporto.

Hoy te suelto, te saco de mi corazón, te dejo ser feliz y comienzo a ver por mí: a recuperarme. Te doy las gracias por todo lo bueno y te regreso lo que no puedo seguir cargando. Me quedo conmigo, para mí.

Me duelo hoy, pero me levantaré mañana. Y uno de estos días, volveré a ser feliz.

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2 comentarios en “Treinta días con sus noches

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