Dicen que tengo muy buen gusto para los muebles, yo hubiera querido tenerlo para escoger a los hombres de mi vida. Siempre he elegido a los que están más fregados: los que le temen al compromiso, los del ego muy grande o muy pequeñito, los que no saben expresar sus sentimientos o, peor aún, los que no pueden contenerlos. Mientras más rotos, más me gustaban. Supongo que porque estaba igual de jodida que ellos.

El primer hombre que recuerdo es por supuesto mi papá, vivíamos en casa de mi abuela pero no en el mismo espacio: él cohabitaba en una pequeña recámara con su esposa nueva y su hija más pequeña, yo compartía la habitación de al lado con una tía —quien me crió y es mi segunda madre— y con su hija mayor, que se convertiría en mi hermana. Es decir, yo tenía cinco años y mi papá era mi vecino. Crecí viéndolo de cerca pero sintiéndolo lejano.

Mi otro papá era el esposo de mi tía-mamá, en su presencia casi siempre éramos felices: nos llevaba a pasear, nos compraba de todo, se tomaba a escondidas la leche que nosotras no queríamos beber, nos llenaba la vida de juguetes, risas y cantos. El problema era su intermitencia, pues era alcohólico y podía desaparecer durante meses sin que nadie tuviera noticias suyas ni hiciera nada por encontrarlo. Sólo mi hermanita preguntaba:

—¿Dónde está mi papá?

—Trabajando.

Un mediodía llegó a la casa muy tomado, yo tendría siete u ocho años, estaba por irme de vacaciones a Querétaro con unos familiares y en cuanto lo supo me prohibió ir. Mi tía dijo que no le hiciera caso, seguro cuando se le bajara la borrachera ni se acordaría. Me fui quince días y cuando volví él se había marchado como siempre, pero esta vez yo creía que había sido por mi culpa. Cuando regresó, un año después, me prometí no volver a desobedecerle para que nunca más nos abandonara por tantísimo tiempo.

La imagen paterna más constante que tuve fue mi abuelo. Él no faltaba nunca a dormir; cada tercer día llegaba a la casa envinado cual pastel, apagando luces así fueran las siete de la noche y mandándonos a todos a dormir a punta de malas palabras y aspavientos. A la mañana siguiente era como si nada hubiera pasado, teníamos prohibido hacer comentarios al respecto y debíamos portarnos amables, obedientes y respetuosos con él, pues era el jefe de la familia.

Así transcurrió mi infancia: entre estos tres hombres inaccesibles y un montón de mujeres vigorosas que siempre estaban ahí procurando que el hogar no se nos desbaratara.

Hace un par de años una psicóloga me dijo «Por supuesto que ibas a aceptar que tu pareja te fuera infiel, si creciste viendo a tu papá brindándole su cariño a otras». Esto me puso a pensar en los hombres de los que solía encariñarme: los que me buscaban para pasar el rato y luego desaparecían por semanas, los que eran divertidísimos en las fiestas hasta que el exceso de copas los tornaba desagradables, los que necesitaban aprobación constante o cambiar con frecuencia de pareja sexual, los que no sabían quedarse, los que no querían quedarse, los que se iban pero un día cualquiera regresaban. En fin, que decidí pasar un buen rato sin pareja para evitar otra mala elección y poco a poco he ido aprendiendo a detectar en dónde no debo ni siquiera asomarme.

Dicen que tengo muy buen gusto para elegir muebles, a mí me gusta pensar que cada vez elijo mejor a las personas de las que me rodeo y que los muebles son sólo parte de la decoración.

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8 comentarios en “Inaccesibles

  1. Excelente post. Creo que a veces nos cuesta trabajo “romper el hábito” de las cosas que hemos visto desde pequeñ@s. Estas nuevas enfermedades sociales como los “nice guys” o las “party girls” no son más que el vestigio de las fallas en el núcleo familiar que han existido desde siempre. Como individuos sólo nos queda el tratar de hacer un “power through” y salir adelante dejando el pasado atrás, definiéndonos como personas. No somos papá, no somos mamá… No somos nuestros hermanos… Somos nuestras propias personas.

  2. Dicen que uno elige la pareja para que le alcanza, y como al parecer -según mis elecciones- estoy en banca rota, mejor ya no compro nada jeje
    Me gustan tus escritos, abrazo mi Mosquita 😘

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