Treinta y siete años. Caray… suenan tan cerca de los cuarenta. ¡Están tan cerca de los cuarenta! ¿En qué momento se me juntaron? Si hace apenas unos años que aprendí a escribir mi nombre con crayolas, si no hace ni un par de ayeres que fumé mi primer cigarro o probé la libertad de vivir en soledad. ¡Cuánto tiempo se me ha pasado!

Pienso en todo esto mientras sacudo con esmero el polvo que se junta en las esquinas de la casa. Me estoy volviendo vieja y aún no tengo el hijo ni el árbol, y del libro, pues en eso andamos. Temo tanto al tiempo que esta semana me enfermé de los riñones (dicen que ahí es donde se reflejan nuestros miedos más profundos). No soy la señora elegante que de niña imaginé que sería; es más, sigo siendo más feliz subida en un columpio que comprando cremas carísimas indispensables para las mujeres de mi edad. Tal vez es que las mujeres de mi edad seguimos siendo niñas con miedos muy bien maquillados.

Me agacho para levantar una hojuela de avena que se niega a salir con la escoba. ¿En qué se me fue este último año? ¿En qué se me fueron los seis anteriores? Me enamoré y me rompieron el corazón, me levanté (o mejor dicho, me levantaron) y conocí París, Milán, Venecia, Cartagena… Me convertí en la dueña de una empresa y luego un día me quedé sin empresa, me fui de mi primer departamento a mi nuevo departamento, me di permiso de volverme a enamorar, me rompí más veces de las que creí posibles y me levanté a sabiendas de que hay heridas que nunca lograré sanar.

Reviso debajo del sofá que no hayan quedado más hojuelas escurridizas. ¡Se me fue otro año, caray! ¿Pero en verdad se me fue o yo me fui junto con él? Este año no salí del país, no compré ropa ni zapatos, no cambié de auto ni nada de esas cosas que según las revistas demuestran que eres exitosa. ¿Qué hice entonces?

Me acuesto en la alfombra de la sala dispuesta a no levantarme jamás. Has vivido —me responde una vocecita muy al fondo de mi cabeza— has dejado que muchas personas te toquen el corazón con sus historias, has cerrado los ojos sin tener idea de lo que viene adelante, aprendiste a pedir ayuda, permitiste que alguien te cuidara, te rodeaste de personas que te aman y las convertiste en tus cómplices, le dijiste lo que te molestaba a quien tenía que escucharlo, descubriste que no está mal cenar helado de vez en cuando, conociste Chiapas y te enamoraste de sus árboles enormes, esos que tanto te recuerdan a tu papá, te olvidaste del qué dirán, te ocupaste de ser feliz.

Siento lágrimas descender por mi rostro, me incorporo y coloco la escoba en su lugar. Este ha sido un gran año, casi tengo treinta y siete y aún me doy permiso de llorar como cuando apenas sabía escribir mi nombre con crayolas. Y tal vez esa es mi nueva y muy personal definición de éxito.

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