tabla

I. ¿Quién te gusta más?

Aída era la más pequeña de siete hermanos que solían ignorarla. Siempre fue una niña solitaria y no fue hasta su adolescencia que se hizo de un grupo de amigas con quienes pasaba la mayor parte del tiempo. Llegaban todas a su casa a jugar con ella y aprovechaban para coquetear con sus hermanos mayores.

Una tarde de noviembre, Susi, su mejor amiga, trajo consigo “La güija”; una vieja tabla de madera que tenía inscrito el alfabeto y prometía contactarlas con espíritus del más allá. Aída la miró con escepticismo, en el fondo le daba un poco de miedo, pero se negaba a aceptarlo. Llamaron a dos chicas más y se reunieron para divertirse.

—¿Estás ahí? —preguntó Liliana sin que el puntero se moviera ni un milímetro.

—¿Cómo te llamas? —arriesgó Pati, pero no hubo respuesta.

—¿Quieres venir a jugar? —pronunciaron todas al unísono sin haberse puesto de acuerdo.

El puntero avanzó enérgico hacia la palabra “Sí”. Las chicas se emocionaron; ¡por fin alguien las había contactado!

Comenzaron a interrogar una tras otra:

«¿Sabes cuándo me voy a morir?», «¿A qué edad me voy a casar?», «¿Daniel me va a pedir que sea su novia?».  La única que no se atrevía a pronunciar palabra era Aída, se sentía abrumada. Las demás continuaron; «¿Cómo te llamas?», «De las cuatro, ¿quién te gusta más?»

—¡Basta, ya no quiero seguir con esto! —cerró la tabla y les pidió que se marcharan. Se había hecho de noche sin que se dieran cuenta y era hora de ir a casa. Susi salió molesta dejando olvidada la güija, que pasó la noche sobre la mesa del comedor. Al día siguiente, cuando Aída salió hacia la escuela, ya no la vio; supuso que sus padres la habrían guardado y se olvidó del asunto.

Semanas más tarde, Lucio, su hermano mayor, la cuestionó:

—¿Le pediste permiso a mi papá para traer a ese güey a la casa?

—¿Qué güey?

—No te hagas, ayer que llegué estabas poniendo un disco y un cabrón te estaba abrazando. Estuve a punto de madrearlo.

—¡Estás loco!

Aída subió furiosa a su recámara y no volvió a bajar durante el resto del día. ¡Lucio y su necedad de inventar historias para atormentarla! Se quedó dormida. Soñó que un hombre la desnudaba muy despacio y le recorría la piel con unas manos que la oprimían sin lastimarla, se metía entre sus sábanas y le sellaba los labios con un beso.

—¡Aída!, ¿estás bien?, ¿qué pasa ahí dentro?

Escuchó la voz de su madre al otro lado de la puerta. Despertó empapada en sudor, quiso levantarse, pero no pudo, algo se lo impedía; como si sobre ella descansara una lápida.

—¡Mamá, no puedo levantarme, no puedo moverme! ¡Mamá!

La cama comenzó a chirriar como si un par de niños brincaran sobre ella. La voz de su madre gritaba su nombre, la habitación parecía cada vez más pequeña.

«Es una pesadilla, estoy dormida». Cerró los ojos para intentar despertar.

—Tú eres la que más me gusta de todas tus amigas —susurró una voz como un eco viajando desde muy lejos hasta su oído izquierdo.

Aída sintió un cuchillo traspasar su garganta.

—¡Mamá! —suplicó languideciendo.

Despertó con la boca seca, las manos entumecidas y las piernas arañadas.

 

II. Morirse una vez

Aquella mañana Ernesto ya no despertó, al menos no como solía hacerlo. Abrió los ojos y no sintió su cuerpo; se había convertido en un fantasma. No tenía idea de lo que había sucedido, siempre fue un hombre sano; no fumaba, bebía poco y prefería la compañía de un buen libro que la de sus amigos parranderos. Nada indicaba su deceso como algo natural, pero era un hecho: estaba muerto.

Así lo comprendió cuando vio a su madre llorar ante su cuerpo y luego a los de la SEMEFO sacarlo de la habitación. Trató de consolarla, pero fue imposible; no podía sentirlo y menos escucharlo. El tiempo se había transformado en una materia viscosa; todo iba demasiado rápido, ¿o demasiado lento?, no lo sabía. La no vida se le iba sin que nada particular pasara; ninguna luz al final del túnel, cero ángeles salvándolo o demonios seduciéndolo hacia el inframundo. Sólo ese silencio que se hacía cada vez más insoportable.

Una tarde de quién sabe cuándo, mientras observaba a una hormiga luchar contra una gota de lluvia que la había atrapado, escuchó voces. ¡Voces!, ¿de personas?, ¡quizás otros fantasmas! No alcanzaba a distinguir lo que decían, pero eran varias mujeres. De pronto sonaron todas a la vez:

—¿Quieres venir a jugar? —

Ernesto sintió la reminiscencia de su corazón latir y, a pesar del miedo que lo invadió, logró lanzar un «Sí» anhelante.

—Sí quiero jugar con ustedes, no me importa quienes sean. No me dejen solo otra vez. —

Una fuerza como un vendaval lo arrastró hasta una habitación pequeña donde estaban reunidas cuatro adolescentes alrededor de una güija. Tres de ellas le lanzaban preguntas para las que él carecía de respuesta. «¿Sabes cuándo me voy a morir?», «¿A qué edad me voy a casar?» «¿Daniel me va a pedir que sea su novia?».

Sólo una de ellas permanecía en silencio; su piel blanca contrastaba con el pelo oscurísimo y en sus ojos color avellana, Ernesto pudo ver un dejo de altivez que lo llevó a recordar cuando alguna vez tuvo piel y huesos.

«De las cuatro, ¿quién te gusta más?» escuchó Ernesto. La tabla fue cerrada en ese instante por la mujer cuyo nombre habría pronunciado de haberlo conocido. Fue ella quien se quedó sola en casa, las demás se marcharon. Ella y Ernesto, quien ahora cohabitaba en este nuevo espacio lleno de personas que ignoraban su presencia.

Con el paso de los días conoció a toda la familia: estaban mamá y papá, Lucio, Juan, Rodrigo, Joaquín, Pedro, Ricardo y Aída.

Ernesto sentía morir de amor por Aída, sí, ya estaba muerto desde antes, pero es que tratándose de amor morirse una vez no es suficiente. Pasaba las mañanas esperando a que llegara de la escuela y las tardes haciéndole compañía durante las tareas. La observaba sentarse junto al tocadiscos y a veces fingía abrazarla mientras ella tarareaba alguna canción. Por las noches jugaba a arroparla y se acostaba junto a ella imaginando que compartían calidez.

Aquella tarde Aída subió furiosa a su habitación, Ernesto la observó sabiendo que ella jamás lo vería. Tras unos minutos de llanto incontrolable, por fin se quedó dormida. Lucía a la vez tan etérea y terrenal, que no pudo controlar el deseo de acariciarla. Comenzó a recorrerla con parsimonia dejando a sus dedos incorpóreos jugar con la textura de su piel, fue subiendo desde las pantorrillas hasta llegar a la boca, esa boca que rebosaba dulzura. No pudo más y se atrevió a besarla.

La cama comenzó a chirriar, Ernesto no sabía qué estaba pasando. «No tienes permitido tocar a los vivos» rugió una voz estridente proveniente de otra dimensión. Ernesto tuvo pavor, alcanzó a rozar el oído de Aída y en su desesperación le susurró: «Tú eres la que más me gusta de todas tus amigas».

El mismo viento que lo había traído hasta ella ahora lo alejaba con furia. Ernesto intentó sujetarse a Aída; aferrarse a su ropa, a su piel, a su cabello.

—¡No dejes que me lleven! —bramó sin que nadie lo escuchara.

Desapareció para siempre dejando las huellas de sus uñas como único recuerdo en las blanquísimas piernas de Aída.

 

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