adios

Somos lo que queda cuando el año está por terminar; los duelos, las ausencias, los fragmentos de recuerdo que flotan en forma de sonrisa, las mañanas frías que nos hacen añorar el último abril.

Para mí, 2017 fue un parteaguas; un volver a empezar desde el lugar más alejado del mundo, ese donde te dicen que estarás bien porque se llama libertad y, vamos, ¡qué bonita palabra! La libertad de hacer lo que te gusta con quienes quieres, a tu modo y sin más reglas que las tuyas. ¡Qué bien suena, caray!

Sin embargo ha sido un trayecto complicado. Yo, acostumbrada a no preocuparme por cuestiones de dinero, me volví contadora de centavos y acrecentadora de sueños; cuando no te queda para dónde voltear, la única opción es mirar hacia lo que aún no llega pero ahí está, esperándote. Despiertas cada mañana sabiendo que tu vida depende sólo de ti y al llegar la noche piensas que por hoy lo lograste.

La inercia me fue llevando y todo parecía marchar bien, di por sentado que viviría muchos años y tenía que ahorrar, procrear, controlar. Luego, un mediodía de septiembre, la tierra nos sacudió y todo lo que yo creía terrible y complicado cambió de matices; los ahorros de toda una vida no serían suficientes para quien perdió un hijo o un hermano entre los escombros, el control era una sombra burlándose de mi autoengaño.

A una semana del terremoto llegó a mi casa un niño de ocho años tembloroso y con ojeras; se negaba a comer y temía quedarse dormido. Yo lo miraba y me veía a mí por dentro; triste, furiosa y con miedo de perder a quienes amo. Lo arropé tanto como pude y él, sin siquiera notarlo, me ayudó a levantarme y seguir. Durante esos días me hice de una nueva familia, la que se quedó conmigo a resistir el terror de las madrugadas entre el ruido de las ambulancias y el polvo de la destrucción.

Las semanas se siguieron una a la otra y volví a tomar el ritmo tanto como fue posible; soñando de repente que la tierra volvía a trepidar, convirtiéndome en estatua cuando escuchaba una alarma sonar a lo lejos, cazando grietas en cuanto lugar visitaba, diciendo te amo cada vez más alto por si no lo podía volver a pronunciar.

Faltan unos días para que este año, por fin, se acabe dejándome muchas lecciones, un montón de anécdotas que contar, una nueva familia, varios nombres nuevos en mi lista de mejores amigos, a mis seres amados con vida y la esperanza de que, pase lo que pase, hay alguien dispuesto a decirme cada noche «Ven, te abrazo. No llores más». 

 

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