niña

Tengo una tristeza vieja; de esas que se despiertan con el aire frío de noviembre, con la lluvia petulante de febrero, con el calor irrespirable de julio. A veces pienso que nació antes que yo y me estaba esperando en el cunero para adherirse a mi piel y no soltarme jamás, luego recuerdo que vine al mundo sin miedos ni expectativas y ella llegó después.

Mi mamá se había ido a Estados Unidos en busca de un futuro mejor para ambas. Me dejó viviendo en casa de mis abuelos paternos, a cargo de una tía que se convirtió en mi segunda madre y su hija, quien se convirtió en mi hermana. Yo pasaba la mayor parte del tiempo con mi abuela, pero había un momento del día en que no estaba con ninguna de las tres. Era después de haber llegado de la escuela; cuando mi tía estaba en el lavadero y mi nueva hermana jugaba sola en el patio.

Mi tío Luis me llamaba a su cuarto, y yo, una niñita de cinco años que no conocía el amor de un padre, iba a ese lugar en busca de una imagen paterna.

Él cerraba tras de mí la puerta y me alzaba en sus brazos para subirme a aquella cama altísima, de hospital, que le había sido heredada de algún pariente enfermo. Me hacía meterme bajo las sábanas y decía que íbamos a jugar; al principio sus caricias me hacían sentir querida, protegida y reconfortada, pero conforme el tiempo pasaba se iban volviendo más desagradables y poco a poco perdía la conciencia de estar ahí; me concentraba en el sonido de la televisión que llegaba desde la recámara de mi abuela, en el olor a cigarro que se desprendía de los edificios hechos con las cajetillas que mi tío ordenaba en perfecta simetría contra la pared. Imaginaba que estaba en la playa, comiendo un helado, volando en columpio, lejos, muy lejos de esa habitación. Al final él me bajaba de la cama y yo corría en busca de mi tía.

No tengo idea de cuántas veces sucedió, aunque calculo que se prolongó alrededor de un año. Un buen día no volvió a ocurrir y mi mente lo borró, hasta una tarde, cuando ya contaba con siete u ocho años, mientras veía la televisión con mi abuela y en la pantalla presentaban una escena que me hizo recordarlo.

—Mira mami, eso me hacía mi tío Luis.—

Ella me miró con el rostro transformado en el de un dragón y entre gritos me ordenó salir de su recámara. Bajé las escaleras llorando; no entendía por qué se había enojado tanto, nunca me había hablado así.

A partir de ese momento mi abuela se convirtió en un iceberg contra el que yo no debía tropezar. Procuraba portarme mejor que nunca; pasaba horas en silencio, levantaba mi plato en cuanto terminaba de comer y obedecía en automático todas sus órdenes. Nunca más volví a mencionar el tema.

Conforme fui creciendo me convencí de que era feliz en ese mundo; me parecía normal ver a mi abuelo llegar cayéndose de borracho, a mis tíos discutiendo hasta llegar a los golpes, a mi padre desaparecer cada tanto sin saber cuándo volvería.

Crecí con el temor en las entrañas; sabiendo que hay personas que te maltratan, te hacen sentir menos, abusan de ti o se olvidan de tu existencia como de un plato desechable y se van, y a pesar de eso debes respetarlos porque son tu familia y las familias así son.

Me enseñaron a bajar la cabeza ante el enemigo, a rendirle pleitesía al alcohólico y a sentir conmiseración por el abusador.

Por eso tengo esta tristeza vieja de las que no se curan con una salida al cine o media vida en terapia, tengo montañas de rabia que se me atoran entre el hígado y el esternón, tengo este llanto acumulado que se contiene durante meses hasta que una piedrita cualquiera, un comentario, un recuerdo, hace que se desborde e inunde todo a mi alrededor.

Tengo la certeza de que, nunca más, bajo ninguna circunstancia, permitiré que nadie me diga que esto que me está doliendo no pasó.

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3 comentarios en “Viejas tristezas

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