piernas

Éramos estudiantes de arte: él pintor y yo actriz, me había contratado para ser su modelo de desnudo. Pagaba poco, pero, ¿qué importaba? Yo habría podido pasar la tarde entera observándolo sin que me diera un centavo; su mano sujetando el pincel con vigor, sus ojos estudiando los pliegues de mi cuerpo, su silueta aturdiéndome en su ir y venir, mientras que entre mis muslos se formaba una leve lluvia provocada por mis ansias.

Pasábamos las tardes encerrados en su departamento; yo imaginando a qué sabrían esos labios, él absorto en sus intentos de retratarme a la perfección.

Un día me decidí a preguntarle «¿Alguna vez has estado con una mujer?». Por un instante me observó, soltó una carcajada que me sonó a cascabeles en las manos de un niño y respondió: «Nunca he estado con nadie».

Esta nueva información me dio los bríos para explotar toda mi feminidad. La tarde siguiente llegué luciendo espectacular; el cabello alborotado, el vestido ceñido, los labios rojos. Me desnudé ante él como nunca lo había hecho ante nadie; tomé mi tiempo para deslizar el cierre del vestido hasta el derriere, permitiendo que la tela resbalara silenciosa a mis pies. Me quité el brassiere y las bragas de encaje, al ritmo que marcaba mi pulso acelerado. Me planté frente a José María en medias negras y tacones de aguja esperando una reacción animal.

—¿Qué? ¿No piensas acabar de desvestirte?—

Fue todo lo que dijo. Yo me mordí las ganas y seguí sus indicaciones. Esa sesión me pareció una tortura medieval; salí del estudio en cuanto pude y corrí a mi casa sintiéndome estúpida y humillada. Me arranqué la ropa frente al espejo de mi recámara y me toqué con rabia y frustración pensando en los dedos de José María, tan espléndidos como inaccesibles.

Una semana después llegué a su departamento tratando de lucir relajada, esta vez era él quien estaba tenso; apretaba los puños sin poder ocultar su mal humor. Le pregunté si deseaba que pospusiéramos la cita, pero respondió que no. Me invitó, con un gesto, a sentarme a su lado y observar los avances de mi retrato. «Algo le falta», me dijo. Yo guardé silencio por un instante y vi en sus ojos tal desamparo, que sólo pude responder «Ponle lo que creas que me hace falta».

Me desnudé con rapidez y me paré frente a él como cada martes. Él sonrió un poco.

—A ti no te falta nada, a la del cuadro sí.—

Trabajamos toda la tarde en silencio y al terminar me dijo «No te vayas, no me dejes solo esta noche». Se acercó a mí con la determinación de un vendaval y pude sentir mi sangre corriendo sin freno mientras que sus labios buscaban los míos. Acaricié su rostro y fui bajando despacio mis manos por su espalda hasta llegar a su cintura. Lo hallé tan excitado, que me arriesgué un poco más y comencé a desnudarlo. Cuando ya no le quedaba una sola prenda, me llevó hacia la cama y se acostó en ella frente a mí. Pude ver su hermoso cuerpo invitándome a debutarlo.

Fui una serpiente entre sus piernas, lamí con fruición sus muslos bien marcados y su sexo de Zeus convertido en toro dispuesto a hacer suya a Europa. Seguí subiendo hasta que nuestros cuerpos se alinearon y pude, por fin, sentirlo hundirse en mi interior.

Experimenté un placer desconocido: José María me penetraba, sin embargo había algo en él que me daba la impresión de ser yo quien estaba dentro de su cuerpo. Comencé a sentir la necesidad de poseerlo, dominarlo, acariciarlo como si fuera una mujer y yo el hombre que estaba entre sus piernas. Le susurré al oído «Quiero lamerte el culo».

José María abrió los ojos tan grandes como le fue posible y me miró desconcertado. «Quiero lamerte el culo», repetí ahora en un tono más arriesgado. Entonces él se colocó boca abajo e instaló sus manos a la altura de la pelvis, para facilitar mis movimientos. Aquella era una imagen preciosa: sus nalgas redondas y su cintura brevísima me hacían creer que, en verdad, estaba con una mujer. Mis manos parecían tener vida propia, comencé a recorrer desde su nuca aquella piel nueva, como si de un manjar se tratara: la olí, la besé, la mordisqueé, la lamí. Llegué hasta sus nalgas y las separé con delicadeza, deslicé mi lengua entre ellas hasta llegar al centro de su placer, ahí dibujé círculos cada vez más grandes y enérgicos.

José María se retorcía de gozo: sus manos estrujando las sábanas, su cuerpo formando una curva que simulaba al monte Fuji, su respiración al filo del orgasmo. Yo, en tanto, era un río a punto de desbordarme; lo giré con impaciencia hasta que mi boca alcanzó la suya. Mi cuerpo lo pedía con una avidez que jamás había conocido.

Nos unimos en una comunión perfecta; no éramos ella y él, no había femenino y masculino. Éramos un todo, él era todo, hasta en el nombre llevaba la totalidad: José María. Yo podía sentir su fortaleza y su fragilidad, ambas conteniéndome y desfogándome. Llegamos al unísono a las puertas del clímax, nos quedamos abrazados mientras que nuestra respiración de maremoto se volvía agua serena.

El sol salía cuando desperté, José María estaba dormido. Me cubrí con una frazada que encontré a un lado de la cama y me senté en el suelo a observarlo. Lucía tan apacible y feliz; su rostro reflejaba la placidez de la pasión recién aplacada, su cuerpo era una playa solitaria después de haber sobrevivido al huracán. Pude mirarlo ya sin la exaltación de la carne, me pareció estar ante el hombre más hermoso del mundo.

Supe que lo ocurrido entre nosotros no se repetiría; él era aún un enigma, incluso para sí mismo. Le quedaban muchas experiencias por vivir; miles de sensaciones que experimentar, otros cuerpos, aromas y sabores por probar. Yo no podía -ni quería- detener su proceso.

A la vez, en mí había ocurrido también una revolución: me había sorprendido deseando un cuerpo femenino, anhelando poseer una silueta que imitara a la mía, soñando con beber de la fuente emanada de una mujer. No deseaba negarme a explorar ese nuevo descubrimiento. Me vestí procurando no hacer ruido y salí de su departamento para no volver jamás.

Muchos años después, en una galería de Nueva York, me encontré con el retrato que suponía inconcluso. Quedé atónita: el rostro y el cuerpo eran mi copia exacta, pero en medio de las piernas sobresalía un pene.

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